El oso y el chaleco

El alicantino Antonio Navarro Santafé fue en sus días ampliamente considerado como el mejor escultor animalista español del siglo XX, con permiso de Mariano Benlliure. Su obra más famosa, el Oso y el Madroño, emblema de la capital, campa desde hace casi seis décadas por uno u otro rincón de la Puerta del Sol, sin acabar de esconderse de los toqueteos y los selfis de madrieños y turistas, que lo han convertido desde hace tiempo en el monumento más fotografiado de la Villa y Corte.

A mediados de los 60, el alcalde Carlos Arias Navarro dio al autor tres meses para realizar el monumento que le faltaba a Madrid. Un plazo extremadamente corto pero que el abnegado artista –que había superado su tartamudez con gimnasia respiratoria y silabeando entero El Quijote en voz alta– cumplió, dejando huella de su maestría. “Me dieron el mejor sitio de Madrid y yo estoy obligado a entregarles a ustedes lo mejor de mi arte”.

Navarro Santafé falleció en 1983 pero, de seguir vivo, quizá estos días podría haberse pasado por la Puerta del Sol para tomar algún apunte del natural y, como máximo representante de la escultura animalista, inmortalizar a las decenas de animales que han considerado que sus protestas se cargarían de más razones si vandalizaban un monumento protegido –a la vista está que no tanto– y querido por todos.

Pegatinas, pintadas amenazantes y demás barrabasadas tuvo que soportar nuestro madrileño originario, hasta que a alguien se le ocurrió que la única forma de que le dejaran en paz sería enjaulándole entre vallas. Menuda metáfora. A mí se me escapa cómo favorece a tu causa subirte al pedestal de monumento o colocarle un chaleco con tus lemas, pero qué sabré yo. Por otro lado, resulta curioso que quienes se manifiestan contra la cicatería de la propiedad se permitan abusar y maltratar la que lo es de todos.

Tampoco sorprende que los siempre muy concernidos y preocupados por la defensa del patrimonio no hayan puesto el grito en el cielo ante el atropello. Todo lo más un tironcillo de orejas a las “personas incívicas” concretas responsables, y supuestas analogías entre acampadas y colas para comprar un smartphone. Igualito que hace unos meses, cuando se aprestaron a denunciar el “ataque” al busto de Clara Campoamor. Un ataque “al patrimonio y a la memoria” con supuesta pintura que, en realidad, resultó ser excrementos de paloma.


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