Estatuas

La muerte del afroamericano George Floyd a manos de un policía estadounidense ha desatado como un tsunami la corriente “Black lives matter”, una de cuyas olas más bobas ha tomado la forma de iconoclasia, llevando al atropello en varias ciudades de monumentos dedicados a Colón, Fray Junípero Serra (¡) o Cervantes (¡!). La ola, de momento, ha llegado a España casi como escupitajo, con pintadas y declaraciones de comprensivas senadoras y concejalas, que relacionan las estatuas «con el poder, no con la historia» y que animan a tirarlas «pacíficamente» (sic). La alcaldesa Ada Colau, imperdible sazón en estos guisos, se ha mostrado más flexible y se inclina por indultar a Colón pero de forma “crítica” y “explicada”: es decir, con una placa que aclare su contexto histórico, no vaya alguien a pensar que el navegante no era feminista, o que votaba a Vox.

Y como ya se sabe lo que ocurre cuando las estatuas del vecino ves derribar, he echado un vistazo a la estatuaria chamberilera, y me he echado a temblar.

Para algunas, la previsión llega tarde: hace unos meses, ya fue vandalizado el monumento a Pablo Iglesias, en la avenida homónima del distrito. Al igual que el Colón de las estatuas americanas, el fundador del PSOE fue pintado de “asesino” por algún desocupado analfabeto. Y si recibe ese epíteto Iglesias, que en su vida mató a una mosca, no parece difícil que los homenajes a Largo Caballero o a Indalecio Prieto, en los Nuevos Ministerios, no deban temer similares arrebatos de vengadores contemporáneos. Aún hay más: ahí tenemos la estatua de José Rizal, ese ‘traidor’ a la patria, y algo más abajo, la flamante del teniente Martín Cerezo, héroe de Baler, que incluso se atreve a lucir una pistola desenfundada en lugar de, qué sé yo, un ukelele.

Pero la purga no debe pararse en políticos ni en militares. Tenemos a Galdós, socialista y anticlerical, o a Loreto Prado, “cómica”, o sea, titiritera; o a Bravo Murillo, conservador e isabelino, que seguro explotó a cientos de trabajadores para traer las aguas del Lozoya a la capital; o a ese ejemplo palmario de misógino y machista que fue Francisco de Quevedo, que sigue tan pichi encaramado en su propia plaza.

Claro que a mí lo que de verdad me da miedo de esta ola de destrucción es que, vista la querencia futbolística del alcalde, le entre la vena “cholista” y nos baje del pedestal a la Cibeles ahora que el Madrid acaricia la Liga, y nos deje sin celebrar.

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