Futbolistas callejeros

Aquel «niño, deja ya de joder con la pelota» que cantaba Serrat se ha vuelto a hacer carne en la Barcelona de Lamine Yamal, donde muchos vecinos andan alterados por los (no tan) improvisados partidillos que decenas de chavales disputan al caer las tardes, aprovechando las peatonalizaciones realizadas por el Ayuntamiento. Serían mejor los coches.

Asociaciones vecinales y comerciantes se quejan del ruido y del riesgo de balonazos a los escaparates o a alguna cara con gafas de algún transeúnte o vecino sedente, y exigen que se prohíba jugar al fútbol en la calle. Quien quiera fútbol, a La Masía o a la Play Station. Es una disputa antigua, y pese a que ahora estoy más cerca en el calendario de los quejosos que de los niños, me da que en estos casos el problema nunca es el balón sino la educación. El respeto, vamos.

Quien esto escribe también fue un infatigable pelotero callejero. Recuerdo ya entonces las quejas de algún viandante, aunque la calle era tranquila y, por lo general, interrumpíamos el juego cada vez que alguien pasaba.

Quienes más solían protestar eran los vecinos de los bloques y casas bajas donde instalábamos el campo. Ahí sí que las vecinas ponían el grito en el cielo cuando los chuts acababan contra sus puertas, pese a que nunca hubo daños de consideración, ni siquiera la vez que un balón entró directo por una ventana. Donde acababa en bastantes ocasiones era en alguno de los balcones, quedando allí confiscado durante meses, en lo que a nosotros se nos antojaba no ya un hurto, sino una flagrante violación de la Convención de Ginebra. Por regla general, vecinos y niños se entendían y sabían convivir, una palabra que no creo que hoy signifique lo mismo que entonces.

Ahora bien, nunca se me olvidará la vez en que un vecino siniestro, cuyos paseos hiperralentizados por la flebitis coincidían –sin ser casualidad– exactamente con el terreno de juego. No sé cómo aquel día logró apoderarse de la pelota –cuando una pelota era un tesoro, y nadie tenía media docena de balones en su casa– para, acto seguido, sacar parsimoniosamente su navaja de muelles y rajarla como a un melón delante de la atónita chavalería. Ni olvido ni perdón.

Con todo, siempre será esa mejor solución que la de prohibir jugar. Y siempre será mejor un niño dando patadas a un balón que haciendo el gilipollas farmeando aura.

Imagen de LensPulse


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