Olavide, Velintonia y un hospital sin uso

No sabemos si los ahora anunciados cambios en el proyecto de remodelación de la Plaza de Olavide retrasarán la finalización de los trabajos, prevista para la próxima primavera. El concejal del distrito, Jaime González Taboada, que el pasado septiembre explicaba a este periódico que las obras no avanzaban todo lo rápido que le gustaría, anunció en el último pleno que estos ajustes buscan incorporar algunas demandas de vecinos y asociaciones que mejoraban el plan inicial.

Quizá, como señaló la portavoz de Más Madrid, convendría haber escuchado a los vecinos antes de redactar el proyecto, y nos hubiéramos ahorrado tener que modificarlo después, aunque tampoco es cuestión de reprochar a quien quiere hacer partícipes a los vecinos en los asuntos que les afectan. Por otro lado, cierto es que el proyecto se aprobó cuando González Taboada aún no presidía la Junta Municipal.

Lo que el concejal chamberilero aclaró también fue la polémica por la retirada de las farolas fernandinas de la plaza, que en las últimas semanas había levantado cierto revuelo entre vecinos, que consideraban un “despropósito” suprimir dicho mobiliario. Según dijo, las farolas sólo eran “réplicas” recientes y sin arraigo en el ensanche madrileño, y serían sustituidas por unos nuevos dispositivos más eficientes y con menor presencia en el paisaje urbano. Con todo, Taboada ganó el debate técnico, pero en el estético siguió sin convencer a muchos.

El pasado mes también nos dejó la noticia de la salida a subasta pública de Velintonia. Como temía la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, la que fuera residencia del premio nobel, además de lugar de reunión de algunos de los escritores, artistas e intelectuales más destacados del siglo XX, se venderá en breve al mejor postor, por lo que se aleja definitivamente la idea de convertirla en la Casa de la Poesía, como pretendía la entidad aleixandrina. El interés –y el derecho– de los herederos por vender la propiedad a un precio de mercado –con un importe de salida de 4,5 millones de euros– y la desidia y falta de colaboración entre las distintas administraciones han imposibilitado la adquisición del histórico inmueble, cuya protección parcial –está catalogado como Bien de Interés Patrimonial– obligará a mantener algunos espacios interiores, pero no impedirá que la vivienda, hoy en estado casi de ruina, pueda dedicarse a cualquier actividad comercial ajena a la poesía.

Siguiendo con edificios desperdiciados en el distrito, en el pleno también se habló del antiguo Hospital Militar del Generalísimo Franco, cerrado hace más de 20 años para su uso sanitario, y que desde 2010 destina solo una parte del inmueble a oficinas y residencia para personal del ejército. Proponía Más Madrid la posibilidad de convertirlo en un “espacio multifuncional” que acogiera varios de los equipamientos que tanto necesita Chamberí, como una escuela infantil o una biblioteca municipal. Una propuesta cargada de buena intención, pero aparentemente sin recorrido: el edificio es propiedad del Ministerio de Defensa y, en caso de rehabilitarse, sólo podría destinarse a un uso castrense. En definitiva: cómo tener miles de metros cuadrados bien ubicados y sin ningún uso en un distrito desprovisto de dotaciones. Ojalá las administraciones se afanaran en resolver estas situaciones a favor de la ciudadanía. ¿O no es para lo que están?

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