Pegar al bailarín

Tengo que ir al cine a ver la película de Antoine Fuqua sobre Michael Jackson, probablemente el mayor mito no futbolístico de mi infancia, con sus giros y sus moonwalks. De pequeño me fascinaba él y también West Side Story, porque tenía peleas de bandas y coreografías espectaculares. Lo mismo que en el barrio, pero sin los bailes. El sentido del ritmo se tiene o no se tiene, y yo lo tenía, sin ser un Fred Astaire –otro ídolo–, sólo que encerrado en el cuerpo de un tímido. Me gustaba la música y me gustaba bailar, aunque no bailara nunca. Luego llegó el viaje de fin de curso a Palma de Mallorca y, empujado por otros menos diestros pero más desvergonzados, me lancé a la pista como el que salta a una capea: pensando que peor que el que estaba a mi lado no lo podía hacer.

En los 90 bailar tenía varias ventajas y algún inconveniente. Por ejemplo, las chicas se solían fijar más en ti que en los chicos que no se movían de la barra. El inconveniente es que esos mismos de la barra te querían pegar. Yo había escuchado –creo que en Los vigilantes de la playa– que el baile es “la expresión vertical del deseo horizontal”, y estaba deseando sacar la frase a colación en cuanto se presentara la oportunidad, sin pensar que el “deseo horizontal” podía ser también el de un energúmeno por dejarme KO. Ni con Billy Elliot se atrevieron a tanto.

La escena se repitió al menos media docena de veces en diferentes discotecas durante aquellos años de andanzas juveniles, aunque la sangre no llegó nunca al río. Estabas tú enfrascado con El tiburón o con el último rompepistas y, en un momento, llegaba un grupito de brutos a quienes no conocías de nada con el único interés de hostiarte si no dejabas de bailar.

Yo entendía que los jets quisieran pegar a los sharks por una disputa del territorio, pero no, qué sé yo, por el tupé de Bernardo o por cantar I like to be in America. Alguna vez intenté que me explicaran personalmente esa furia gratuita, y el menos exaltado de los rabiosos me dijo: “Ya, ya sé que no habéis hecho nada, pero a mis amigos les caéis mal, y están muy locos, así que yo que vosotros...”. Y nos íbamos, claro, qué remedio. Pero haciendo el moonwalk, para no perderles de vista.


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