«Ya se pondrá bonito»

Cuenta Andrés Trapiello en su estupendo Madrid la vez en que la hija de Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio escuchó a sus padres, allá por los años 60, hablar de lo «horrorosamente feo» que era el Palacio de Comunicaciones de Cibeles. «Una tarta», según el punto de vista de los escritores. «Ya se pondrá bonito», les dijo la pequeña.

En Madrid las cosas suelen terminar por ponerse todas bonitas, y más con este buen tiempo. Aunque no siempre funciona, o bien la piqueta llega antes y acaba con esa posibilidad. Pero en la mayoría de los casos sólo hay que esperar, y llega un día en que los madrileños comienzan a ver con mejores ojos unas improbables naves de Antonio Palacios o unas cenefas vagamente neomudéjares en las viviendas construidas por maestros ladrilleros, por más que a uno esas casitas nostálgicas le traigan recuerdo de sabañones.

En su Guía sobre la capital, el periodista Juan Antonio Cabezas llamaba «gracioso crustáceo» al Palacio Longoria, sede de la Sociedad General de Autores, y ahí estaba hasta anteayer el célebre enchufe de las Torres Colón, denostado por tantos hasta su desmontaje, momento desde el cual la gente ha comenzado a añorarle y a hablar de él como de aquel novio algo excéntrico pero al que quizá debiste dar otra oportunidad. El nuevo remate del edificio de Antonio Lamela deberá aguardar al menos varias décadas de purgatorio hasta que alguien comience a tomarle cariño, pero no creo que lo vayamos a ver ninguno.

Fernández de los Ríos, ese quijote del urbanismo madrileño de cuyo nacimiento se cumplen ahora 100 años, odiaba todo lo que oliese a Barroco, y por él se hubiera arrasado buena parte del casco histórico de la ciudad, especialmente iglesias y conventos, como el de las Descalzas Reales, o el Hospicio de Pedro Ribera, actual Museo de la Ciudad. Para las utópicas ideas de De los Ríos, ninguno de ellos era «bonito» ni práctico para el crecimiento de la capital.

Quizá madrileñear consista también en ir buscando construcciones horrorosas e ir quejándose de su fealdad hasta que cambien los vientos estéticos, o las modas. Quién sabe si esa inefable jaula transparente que ha levantado Norman Foster donde el antiguo edificio Barclays se pueda poner bonita cuando todos estemos calvos, o alguien llegue algún día a verle la gracia al obelisco de Calatrava en la plaza Castilla, que para chasco encima va y no se cae.


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