Se cumplen 100 años del Lyceum Club Femenino de Madrid


Si paseáramos una tarde cualquiera por la Plaza del Rey del Madrid del año 1926, probablemente seríamos testigos de una estampa interesante. Novedosa para la época: grupos de mujeres caminando jovialmente (sombrero cloche, pelo a lo garçon, falda plisada por debajo de la rodilla, abalorios al cuello, incluso alguna de ellas fumando), todas ellas se apresuran hacia la puerta de entrada de la Casa de las Siete Chimeneas. Algunas portan unos tomos bastante voluminosos. Ríen. Saludan a otro grupo de jóvenes que parecen conocer. Besos. Emocionadas, comentan el cartel que figura en la puerta de la casa-palacio: concierto de piano.

Esta casa-palacio levantada en el siglo XVI, es hoy sede del Ministerio de Cultura de España. Curiosamente, la mayor parte del personal del ministerio son mujeres. Forman parte de subsecretarías, direcciones generales, patronatos, miembros del gabinete… Hay un hilo, invisibilizado, que conecta etapas históricas, en apariencia muy distantes unas de otras.

La mujer del siglo XX da un paso al frente

Aquellas mujeres del Madrid de primeros de siglo, urbanas, provenientes de familias burguesas acomodadas (comerciantes, procuradores, abogados, médicos…), recién admitidas en la universidad para cursar estudios superiores (9 de marzo de 1910), estaban siendo, aún entonces, una minoría de vanguardia feminista, en pos de la reivindicación social, cultural y económica de más de la mitad de la población, en un país que hasta entonces había moldeado intensamente su camino, restringiendo sus posibilidades vitales a un papel de subordinación al hombre, tanto en el ámbito doméstico (ama de casa, crianza de los hijos) como en la esfera pública, donde la voz de la mujer española había sido fundamentalmente silenciada y/o anulada. El contexto tras la I Guerra Mundial dio lugar a que la mujer diera un paso al frente en países europeos y se incorporara a diversos ámbitos que requerían de su participación, con objeto de capear la adversa economía del periodo de entreguerras.

La mujer moderna tenía ganas de formarse. Deseaba estar en contacto con nuevas corrientes culturales, que le permitiera ampliar el abanico de destinos posibles. Además, tenía enorme interés en asociarse. Es decir, tejer relaciones unas con otras para enriquecerse de conocimiento, experiencia y dejarse contagiar por un ambiente estimulante que llegaba de Europa (los cafés de París, las asociaciones de mujeres de Londres, sindicatos femeninos en Zurich). La intención era concebir un lugar donde poder reunirse a conversar, escribir, dar a conocer sus trabajos, aprender, impartir conferencias…

Así surgió la idea de fundar el Lyceum Club Femenino en 1926. La primera directora fue la insigne pedagoga, María de Maeztu, que ya estaba a cargo de la Residencia de Señoritas, puesta en marcha por la Institución Libre de Enseñanza un año antes.

Un club de respeto y tolerancia

Para ingresar en el Lyceum había unos criterios de admisión: contar con estudios superiores, haber realizado trabajos artísticos, literarios o científicos y haber participado en causas sociales. No se hacía distinción por ideología política, creencia religiosa, estado civil u orientación sexual. El intercambio de ideas diferentes fue un gran atractivo del Lyceum, durante los 10 años que estuvo activo.

En un principio, se pensó sobre la idoneidad de admitir también a hombres al Lyceum o mantenerlo exclusivamente como asociación femenina. Tras las correspondientes deliberaciones sobre las diferentes posturas, se votó que sería exclusivamente por y para mujeres. Sin embargo, sí que los hombres eran bienvenidos a asistir a las actividades públicas, conferencias, ponencias y/o recitales. Para organizar la programación y las propuestas, las socias del Lyceum acordaron dividirse por ámbitos de interés. Así surgieron las diferentes secciones: Social, Musical, Artes Plásticas e Industriales, Internacional, Literatura, Ciencias o Hispanoamérica.

La nómina de mujeres excepcionales que formaban parte del Lyceum asombra: Victoria Kent (vicepresidenta), Isabel Oyarzábal (vicepresidenta), Zenobia Camprubí (secretaria). El club inició su andanza con 150 socias inscritas: Clara Campoamor, María Lejárraga, Margarita Nelken, Concha Méndez, Carmen Baroja, Elena Fortún, Carmen Monné, Nieves González Barrio, María Teresa León… El número de socias no paró de aumentar año tras año y, según las últimas investigaciones, hubo inscritas más de 500 socias.

En la inauguración, las hermanas María y Elena Sorolla hicieron una exposición de pintura y escultura. La Casa de las Siete Chimeneas, convertida ahora en el primer Lyceum femenino de España, contaba con un salón, donde había un piano de cola en el que se celebraban cantidad de recitales de música, poesía y representaciones teatrales. Contaba también con un salón de té, una biblioteca, hasta una salita para jugar al bridge. Se celebraban eventos casi a diario, concitando un gran interés entre la sociedad cultural madrileña, que estaba en plena búsqueda de aires renovadores.

Grandes nombres de la época asistieron al Lyceum: Federico García Lorca presentó ‘Poeta en Nueva York’, Manuel Azaña, Pedro Salinas o Miguel de Unamuno fueron invitados al club. Famosa es la polémica que rodea a Jacinto Benavente y la errónea atribución que se le atribuye: “No voy a hablar a tontas y a locas”, aunque al parecer se debió a una interpretación interesada por la prensa del momento, ya que el dramaturgo madrileño fue a dar una conferencia y presentó unos poemas inéditos en el Lyceum, en el año 1934.

La Iglesia ataca: fumadoras de opiáceos

Cierto es que la iniciativa fue mal vista por sectores conservadores de la sociedad y que la prensa católica de la época lo calificaba como “el club de las maridas” (por ser algunas de ellas esposas de grandes intelectuales). El clero acusaba al Lyceum de distraer a las mujeres y dejar de lado sus obligaciones morales como madres y esposas. Por ejemplo, de la pluma de una pionera periodista, como es el caso de Teresa de Escoriaza en el periódico ‘El Liberal’, en el que se podía leer en uno de sus artículos: “¿Saben acaso las fundadoras lo que es un club? Humareda pestífera de tabaco, tazas de mal café y discusiones estúpidas”.

Muchas estudiantes de la Residencia de Señoritas participaron en el Lyceum. También eran habituales las visitas de estudiantes extranjeras (Estados Unidos, Reino Unido), que la Institución Libre de Enseñanza impulsaba para la internacionalización del talento español. Se construyó con el paso de los años un lugar propio, de todas, un lugar donde participar de la vida pública, donde reivindicar el reconocimiento a ser ciudadanas de pleno derecho. La pretensión no se quedaba entre las paredes de un salón, sino que había un profundo anhelo transformador, de ahí que se celebraran múltiples debates sobre política o filosofía y se elaboraran propuestas legislativas relativas al divorcio o las penas a las mujeres condenadas por adulterio.

Una de las grandes obras del Lyceum fue la creación de una guardería infantil, la llamada ‘Casa del Niño’, que se levantó en el distrito de Chamberí (entre las calles de José Abascal y del General Álvarez de Castro), como escuela piloto infantil destinada a los hijos e hijas de las familias obreras de Chamberí y Cuatro Caminos, donde se ofrecía, además de una educación, formación en hábitos de higiene, servicio de comedor, actividades de juego o sesiones de cuentacuentos. También se trabajaba en el Comité del Libro para el Ciego, en el que trabajó la educadora social y prestigiosa psicóloga Mercedes Rodrigo, traduciendo obras de la literatura española al lenguaje braille, para que las personas ciegas pudieran leerlas y formarse.

Tras la Guerra Civil, el Lyceum fue clausurado y el material de la Casa de las Chimeneas confiscado. A partir de entonces, pasaría a albergar el “Club Medina”, perteneciente a la estructura de la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera, desde donde se instruiría a la mujer española en los fundamentos de la familia, patria y el deber nacional, bases del ideario franquista.

Memoria contra el olvido

Este año, desde la misma sede del Lyceum Club Femenino de Madrid, se recuerda a esta institución centenaria, como un laboratorio de modernidad para la mujer española, que estuvo a la cabeza de iniciativas emancipadoras como pocas había en aquellos años en el mundo. Decía la directora teatral y socia, Pura Maortua: “La idea del Lyceum surge por la necesidad de la mujer española de conquistar sus fueros y la consideración que le corresponde como un ser humano de análoga capacidad, derechos y obligaciones que el hombre”.

Desde el próximo 8 de abril, y durante todo el año, el Ministerio de Cultura, en colaboración con otras entidades (Biblioteca Nacional, Filmoteca Española, Fundación Gregorio Marañón, Instituto Internacional, Centro Dramático Nacional), tienen previsto celebrar actos de divulgación y conmemoración, poniendo en relieve el valor del Lyceum Club para dar un tirón a ese hilo transparente que sobrevive al olvido y a las dictaduras, que conecta nombres y edificios. Y así, tirando del hilo, una vez más un siglo después, reencontremos el entusiasmo, tanto de mujeres como de hombres, de seguir haciendo más justo el camino para todos.


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