Exilio voluntario

A la hora de escribir esta columna desconozco el paradero de Àngels Barceló, si bien la afamada periodista podría estar en cualquier oficina de Lineamadrid para cambiar su empadronamiento, después de años residiendo en la capital. Tras las elecciones municipales, Àngels colgó en su cuenta de Twitter el siguiente comentario: «Como ciudadana de Madrid, ahora mismo dudo entre hacerme vasca o de Cádiz. Ah, y quien herede la alcaldía madrileña que acabe las obras de mi barrio». Las tildes son mías.

La afamada periodista «duda» entre «hacerse» vasca o gaditana, que casi viene a ser como vacilar si nacionalizarse cubano o finlandés. Pero como sospecho que su duda tiene que ver con los resultados de los comicios, algo muy grave habrá tenido que intuir Àngels en la capital que no ha visto, sin embargo, en Cádiz. Tener un buen contrato supongo que posibilita poder trasladarse a una ciudad con más del 26% de paro sin muchas preocupaciones. O a la guipuzcoana Ugao-Miraballes, donde los electores son tan pulcros que realizan labores extra desinfectando las calles por donde pasan sus adversarios políticos. Quizá también podría «hacerse» de su Barcelona natal, donde el candidato más votado ha priorizado la independencia como eje de su programa de gobierno, señal de que en la Ciudad Condal ya se han acabado todas las obras.

El exilio político voluntario es un amago muy recurrente entre la progresía. Frente al tradicional “votar con los pies”, en el que el desplazamiento es previo a la votación, aquel depende de la satisfacción que genere el resultado al interesado; aunque otra diferencia es que el exiliado voluntario rara vez cumple su amenaza de exilio. Parafraseando lo que decía Jardiel sobre el suicidio -«casi todo el mundo se suicidaría si después del suicidio se pudiera seguir viviendo»- es probable que la comunicadora “se hiciera” gaditana o vasca a sabiendas de que, después de ello, podría continuar viviendo estupendamente en Madrid.

Chirría, no obstante, la alusión a las obras inacabadas en su barrio, porque induce a pensar que no todo era perfecto en el antaño edén municipal. Pero descuide también Àngels en este caso, que las obras no son un mal que trajera Carmena. Ya estaban antes y a buen seguro que seguirán estando con o sin ella hasta que, como decía Danny de Vito, encontremos el tesoro. Y no sólo en su barrio, por cierto.

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