Una cadena de ropa ofrece 300 euros a quien se eche una siesta en su escaparate del centro de Madrid, a la vista de los viandantes. Inmediatamente, más de 1.200 consumistas del asueto, que diría Delibes, se presentan al “puesto”. No hace falta ser un buen observador para saber que, en nuestra capital, las más largas colas se forman en aquellos sitios donde se reparte algo gratis. No digo ya si encima, cobras.
La iniciativa pretendía “reivindicar el descanso en una ciudad marcada por la prisa constante” y sirvió –según la emocionada compañía– para que muchos transeúntes “repensaran su relación con el tiempo”. En otras palabras, se gastaron 300 lereles en que un desvergonzado incauto les hiciera la campaña, mientras quienes pasaran por allí le miraran entre la rechifla y el alipori. Hizo mal la empresa: si hubieran organizado una puja entre los interesados, alguno se habría dormido en el escaparate por mucho menos.
Por otro lado, al leer la noticia pensaba en qué ocurriría si, en esas tres horas contratadas, no lograbas descabezar ni un mísero sueño de cinco minutos. ¿Te descontarían algo del cheque? ¿Te obligarían a hacer alguna hora extra? Imagínense la mancha en el currículum: despedido por ser incapaz de dormirse durante la jornada laboral.
Uno no es muy de siesta, y bien que lo lamento, pero me da dolor de cabeza. Y si lo lamento es porque ese “echarse un coyoquito” o “una pestañita”, como deliciosamente dicen los mexicanos, suele ser una impronta del escritor de raza. Uno de los más grandes, Camilo José Cela, fue quien acuñó el término –como tantos otros– de “siesta de pijama y orinal” para aludir a la siesta canónica, es decir: larga, profunda y realizada con toda la panoplia necesaria. Miguel de Unamuno se refería a ella como el “yoga ibérico” y la defendía como una necesidad intelectual y espiritual propia de la idiosincrasia española.
Otro gran siestero, Miguel Mihura, tenía un truco infalible par elegir el lugar más adecuado: soltaba a su perro para que identificara el rincón más fresco de la casa, y luego le daba una patada y colocaba allí su hamaca. La cabezadita tras la comida ha tenido otros grandes defensores, como Winston Churchill, y el enternecedor Ramón Gómez de la Serna la veía como una forma de “morir un poco para facilitar la vida”. Y si encima te dan 300 euros, más facilitada.



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