Transfuguismo en Wallapop

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Cambiar durante la vida de criterio, de trabajo o de amistades no es que sea perfectamente lícito: debería ser obligatorio. No digo ya de “camaradas” o “compañeros”, que vendrían a ser respecto de la amistad como el buen vino al vino de mesa.

Dicho lo cual, en los últimos tiempos y ante la inminencia de las citas electorales, venimos asistiendo a tales cabriolas y cambios de caballo ideológico por parte de nuestros representantes políticos que dejan las acrobacias del Circo del Sol en meras funciones del bombero torero. Tal es el caso de Ángel Garrido, ex presidente de la Comunidad de Madrid, y que durante la pasada Semana Santa, quizá imbuido por el espíritu iscariote, saltó de la popular a la grupa de Ciudadanos, a cuyos representantes había tildado hacía unos meses de «incoherentes», «tontos útiles» o «populistas pop». A buen seguro, su incorporación habrá servido para dotar a la formación naranja de la coherencia que antaño echaba en falta.

Hubo también por estos predios un portavoz que –decía – no se sentía representado por ningún partido hasta que vio un día a Rosa Díez por televisión. Desde aquello ha cambiado tres veces de siglas, defendiendo en cada caso los nuevos colores con el entusiástico fervor del converso, obviando que apenas 15 minutos antes de su último brinco aún seguía bombardeando la propaganda de su anterior cofradía.

Y es que ojalá estas piruetas fueran resultado de procesos de reflexión íntimos, y no, como en la mayoría, respondieran a conversiones “alimenticias”, es decir, tuvieran más que ver con peleas cainitas por puestos en las listas o sillones para uno mismo y sus correspondientes adláteres.

Por otro lado, esas mostrencas e improductivas agencias de marketing en que se han convertido los partidos políticos exigen golpes de efecto diarios, novedades incesantes y fotogénicas, y las de mañana servirán para refutar las de ayer, que a su vez calcinaron las del día anterior. Todo ello crea una lista de agravios de la que difícilmente puede quedar nadie impune, además de convertir la elección de representantes en una suerte de Wallapop político, donde los partidos buscan entre los saldos concejales y diputados defenestrados, old fashioned o seminuevos, con garantía de seis meses de lealtad –no hay que pasarse, y a ver si los resultados me dan para escaño–. La desfachatez hace el resto. Claro que sí, guapi.

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