Viernes, 10 de abril. El día ha amanecido soleado y así se ha mantenido durante todo el día. Con una temperatura primaveral. Son las seis de la tarde. Han terminado las clases los niños, casi a la misma hora que sus padres lo han hecho de su jornada laboral, y hay que disfrutar el fin de semana. Toca aprovechar las horas de sol que quedan y jugar en el “parque”. Los adolescentes se reúnen en pandillas. A esta hora, cientos de jóvenes, muchos extranjeros –estos celebran, según se oye, el weekend–, llenan las terrazas, venidos a Madrid por estudios, Erasmus o los pisos turísticos que les ofrece el barrio, que se unen a otras decenas de jóvenes españoles. Todos saborean los dobles de cerveza, las pizzas o ensaladas, junto a los bancos de la fuente. O tienen poco dinero o quieren conservar su figura juvenil. Los mayores observan si pueden sentarse en los bancos que quedan libres, admirados, complacientes y, a veces, temerosos, del espectáculo que contemplan. Algunos preguntan: “¿Acaso Rosalía? ¿A qué parque te refieres?”. Al que los niños consideran y llaman el parque, su parque. Al que van todas las tardes, si no llueve o hace mucho frío. A la Plaza de Olavide, en el barrio de Chamberí.
La Plaza de Olavide es la plaza urbana mayor de Madrid. Con 10.000 metros cuadrados de superficie supera a la Plaza Mayor, que tiene 9.400 metros cuadrados, si la cuenta está bien hecha. Pues bien, el 10 de abril, como otros viernes pasados, se juntaron en la plaza chamberilera unas 5.000 personas, en un recuento somero, pero con un error de más o menos, del 2 % o el 3 %. La mayor densidad de población en un área urbana. Las áreas infantiles, a tope, con los carruajes de los bebés incluidos, y los patinetes. Las 12 terrazas alrededor de la plaza, sin sillas y mesas que ocupar, y muchos jóvenes esperando. Los niños de 10 o 12 años jugando al fútbol donde podían, incluso en las calles aledañas.
La Plaza de Olavide ejerce ya de imán para el barrio, un polo de atracción, en el que la mezcolanza humana, tan útil, tan divertida, impide ver algunos contras. Los gorriones circulan temerosos de tanto gentío, y difícilmente pueden merodear por el suelo, muchas jardineras están machacadas y los alcorques son estupendos ceniceros o sirven de zafacones. Ángel, vecino también de la plaza, ha escrito: “Las calles y plazas llevan el perfume del pueblo y de la fiesta. Suena en ellas la música de la banda municipal y de los bares y la taberna. Yo me reconozco en la Plaza de Olavide. No todas las actividades me gustan. Algunas, incluso, las odio”.



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