Un recorrido por el origen y la historia del folclore madrileño
Y se armó la tremolina: chulapos y manolas fetén en San Isidro
Diego Navarrete Villar, 11 de mayo de 2026
Con mayo llega el momento de sacar la chulería a pasear. El buen tiempo despunta en la capital y los pueblos de Madrid se preparan para celebrar las fiestas en honor a su Patrón, San Isidro, el labriego de los más de 400 milagros. De multiplicar perolos de comida para el hambriento, atraer la lluvia a las cosechas, pasando a delegar en cabezas de ganado para la dura faena en el campo, los designios del santo proveen ahora un tiempo de pausa y diversión a los madrileños. En la ciudad ya dan comienzo los preparativos para las festividades alrededor del 15 de mayo y los chulapos y chulapas dan los últimos pespuntes a sus atuendos para que luzcan impecables.
¿De dónde viene la chulería?
Fundamentalmente, en contraposición a los aires afrancesados de la época, en la que París era el centro neurálgico de una época denominada como Belle Époque: imperialismo en el plano de la geopolítica, innovaciones en el campo de la técnica y la ciencia (Louis Pasteur, los hermanos Lumière, Marie y Pierre Curie…), la Exposición Universal 1889, que fue testigo del levantamiento de un símbolo de Francia como es la Torre Eiffel. Además, fue en París donde se establecieron las bases de la moda de alta costura con sus revistas y modelos, llamando la atención de las clases altas de las sociedades europeas (y más allá).
Lo “chulapo” fue una reacción castiza de las formas y las costumbres para reivindicar una identidad madrileña propia. La alta sociedad madrileña estaba fascinada por todo lo que venía del país galo, de modo que las clases populares de Madrid buscaron diferenciarse y adquirieron estilo propio en la forma de vestir, de hablar o de comportarse en sociedad. Además, se le sumaba el resquemor por cualquier detalle que oliera a “gabacho”, tras los avatares de la Guerra de Independencia Española (1808-1814).
Al contrario de lo que pudiera parecer, ser un “chulo” en aquel contexto era un cumplido. El hombre “chulo” era alguien atractivo, seguro de sí mismo, con desparpajo, gracejo y, sobre todo, mucha actitud ante la vida. Solían ejercer trabajos como herreros, carpinteros y operarios, en talleres ubicados en los barrios de Malasaña, Lavapiés o en La Latina. Por otro lado, a la “chulapa” se la consideraba una mujer enérgica, con descaro, picaresca, “muy echada pa’lante”. Solían ser floristas, modistas o cigarreras.
Dentro del casticismo madrileño, había grupos y clases con diferente idiosincrasia. Por ejemplo, la imagen del chulapo o chulapa estaba más identificado al personaje oriundo madrileño, vecino generalmente del antiguo barrio de Maravillas (actualmente Malasaña), que se caracterizaba por su actitud descarada, “chulesca”, orgulloso de su clase social y que despreciaba cualquier atisbo de “afrancesamiento” o “aburguesamiento”. Al chulapo se le solía retratar como un personaje pendenciero, que coquetea con la delincuencia o por su desdén o mal trato a las mujeres. Ejemplo emblemático es el chotis “Pichi”, que interpretaba la gran Celia Gámez y que describe más que a un chulapo, a un auténtico “chulo” madrileño:
Un traje con códigos
El traje de chulapo, convertido en traje regional de Madrid, está compuesto de un gorro, conocido como “parpusa”, la cual puede ser negra, gris o a cuadros. Consta de un pañuelo al cuello (safo), una chaqueta llamada “mañosa” o “chupa”, la camisa blanca, el chaleco (también llamado gabriel) y los pantalones (alares) y un par de zapatos negros (los llamados calcos).
El traje de chulapa consta de un vestido bien ajustado, que puede ser de flores, lunares o algún color liso, acompañado de mantón de Manila. Con el moño clásico, cubre la cabeza un pañuelo blanco, por el que asoman unos claveles que, siguiendo la tradición, dan cuenta del estado civil de la susodicha: si portaba dos claveles rojos, se trataba de una mujer casada, dos blancos, quería decir que la muchacha estaba soltera. Si se llevaba uno rojo y uno blanco, se entendía que la mujer se encontraba comprometida o de camino al matrimonio. En el caso de que la chulapa llevara encima dos claveles rojos y uno blanco, significaba que era viuda y si se trataba de una niña, el clavel debía ser de color rosa.
Tribus urbanas muy castizas
Los “manolos” y “manolas” eran otro grupo dentro del mapa sociológico y urbano de aquel Madrid que retrata “La verbena de la Paloma”, zarzuela que compusieron Ricardo de la Vega (libreto) y Tomás Bretón (música), en 1894. En el caso de los “manolos”, solían residir principalmente en el barrio de Lavapiés, un lugar históricamente multicultural, donde residen gentes provenientes de diferentes lugares y con diversidad de credos. En sus corralas convivían cristianos, con musulmanes o judíos. El origen no está claro y no hay estudios sólidos que demuestren con base histórica el origen de esta denominación, pero la creencia popular sobre el nombre de “Manolo” o “Manola” apunta a la época en la que, tras la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos, los padres de los judíos conversos optaban por llamar Manuel a los hijos primogénitos, para adaptarse mejor a las nuevas imposiciones del Reino.

Los conocidos como “chisperos” hacen alusión a otra figura del Madrid castizo, en la época en la que en la calle del Barquillo se podía escuchar el repique de los herreros y forjadores dando forma al metal. De las chispas de aquella actividad surge el nombre de este otro personaje del Madrid costumbrista. Un barrio, como el de la Justicia o Chueca, conformado históricamente por numerosos talleres de artesanos. De ahí que hayan pervivido “Ribera de Curtidores” o “Cuchilleros” en el callejero actual. Solían llevar chaqueta o “chupa” entallada al cuerpo y redecilla en la cabeza. Tenían fama de atrevidos, mujeriegos, de tener gran afición a los toros y de buscar la trifulca con otros grupos de chulapos.
Anteriormente existía ya un arquetipo de castizo madrileño con diferentes matices. El “majo” o la “maja” aparecieron durante los siglos XVIII y XIX, y se caracterizaban por pertenecer también a las clases populares. Se dedicaban a actividades gremiales, como el comercio, zapaterías, carnicerías... Solían identificarse con un comportamiento más sensato, de formas más educadas. Eran célebres por sus gestos de solidaridad y hermandad en el barrio de Lavapiés. La “maja” lucía corpiño y escote, el traje de terciopelo bordado y llevaba mangas de farol, falda de vuelo y encima un mandil. El hombre, una blusa blanca con fajín, pañuelo al cuello y chaqueta abotonada, pantalones hasta debajo de las rodillas y medias blancas. Tanto el hombre como la mujer solían llevar redecilla en el pelo. Goya retrató a la “maja” más famosa de todos los tiempos en sus cuadros (con traje y sin él).
Ya suena el organillo
La Pradera de San Isidro espera en los próximos días la romería de miles de personas, que se acercan a Carabanchel Alto para pasar un tiempo, ya sea en familia o con amigos. En los puestos se podrá degustar la pastelería de siempre: las “tontas”, las “listas”, las rosquillas francesas o las rosquillas de Santa Clara. Un vasito de “limoná”. Agradecer al santo en su Ermita y beber del agua de la fuente. En la Plaza Mayor sonará ‘Madrid’, el chotis que compuso Agustín Lara sin haber pisado la capital y que es himno y tesoro de una tierra soñada, musa de cientos de historias, que tienen a Madrid como el lugar ideal para hacer de su historia y sus personajes una novela a la que seguir enganchados año tras año.



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