Fernando Fernán Gómez: los primeros años en Chamberí de un genio centenario

En agosto se cumplirá un siglo del nacimiento del cineasta, escritor y académico, que plasmó en sus memorias los recuerdos de su infancia en el barrio


El próximo 28 de agosto se cumplirán 100 años del nacimiento de Fernando Fernán Gómez, un chamberilero nacido accidentalmente en Perú, y que durante su infancia y juventud desgastó innumerables suelas por las calles de este distrito, al que llegó con apenas meses desde Sudamérica, donde su madre, la actriz Carolina Fernán Gómez, estaba de turné.

En la década de los 90, “el hijo de la cómica” publicó sus memorias, tituladas El tiempo amarillo, donde da cuenta de sus pasos por este distrito, en el que vivió hasta en cinco casas diferentes, todas en General Álvarez de Castro. Una de ellas –la del número 22– luce hoy una placa que le recuerda.

Además de en esta, Fernán Gómez vivió en los números 4, 10, 11 –que luego cambiaron al 9– y 16 de esta vía del barrio de Trafalgar, que vertebra sus recuerdos infantiles. «La calle del General Alvarez de Castro, con su doble fila de acacias frágiles, que hoy ya son robustas, con suelo de tierra que nosotros, los chicos de la calle, vimos asfaltar (…), con sus solares que se iban poblando, con su verbena del Carmen que se alzaba como un grito de alegría todos los veranos, esa calle que creció al mismo tiempo que yo, con sus golfos, sus hijos de obreros, sus hijos de empleados de clase media, que era tan ancha, tan hermosa, tan tranquila, tan dispuesta para el juego, fue entonces mi paraíso y es hoy mi paraíso perdido». [Foto: Archivo General de la Administración]

Por las memorias desfilan recuerdos de la habitación con derecho a cocina del 16, en el que vivió con su abuela, y en cuyo bajo estaba la vaquería de La Primitiva, con 8 o 10 vacas, donde años después abrirían un taller; un entresuelo en el 10 con dos balcones a la calle y «un encanto casi fantástico», pues permitía al joven Fernando, con seis o siete años, curiosear aquella calle «inmensamente ancha, en la que no dejaban de suceder cosas»: pasaban hombres que lanzaban pregones, el mielero, el del requesón, el del arrope, el de los pichones o los burros de los botijeros, y un día, justo al pie del balcón, se instalaba un mercadillo»; o la del citado 22, más grande, donde se trasladarían para cuidar de su otra abuela y de sus primos huérfanos. Era esta un tercero sin ascensor y con derecho a buhardilla, y contaba con un sótano, que les serviría de refugio durante la guerra.

Cambios de colegio: Santa Teresa, Maristas, ILE...

Fernán Gómez habla de que su madre tenía «la misma facilidad» para cambiar de domicilio como para cambiarle a él de colegio. En El tiempo amarillo cita varios, todos ellos en Chamberí, pero principalmente dos: el Colegio Santa Teresa, luego Academia Domínguez, en el mismo edificio del 16 de Álvarez Castro, donde vivió una temporada con su abuela, y el Colegio San José, de hermanos maristas, en Fuencarral, 126 –donde posteriormente hubo unos minicines y hoy una tienda de Zara–; si bien en este no estuvo mucho tiempo: su abuela le sacó después de que un profesor le propinara un “tremendo” bofetón que le desprendió parte del lóbulo de la oreja. Aquello significaría un nuevo regreso al Santa Teresa, que unos años después cambiaría de ubicación, a la esquina de Fuencarral con Sandoval, y pasaría a llamarse Academia Bilbao.

Antes de eso, el joven Fernando estudió durante apenas un año en la Institución Libre de Enseñanza de General Martínez Campos, 14, «indudablemente, el mejor colegio de Madrid, en el que se habían educado todos los hombres y mujeres que estaban resultando importantes», señala. Aquel centro le maravilló, porque “parecía un colegio de ricos», tenía patio con árboles y flores, los niños iban bien vestidos, «las horas de recreo duraban más que las de clase, y la maestra no enseñaba nada». Sin embargo, aquello duró poco, y coincidió precisamente con la época en que su abuela y él se fueron a vivir a aquella habitación con derecho a cocina, y le apuntaron a la Academia Domínguez. «El primer día en que subí a este colegio y me llevaron a la clase de párvulos comprendí que había vuelto a ser pobre», escribe.

De los cines a la verbena del Carmen

La afición por el cine despertó muy pronto en el infante Fernando, imbuida principalmente por su abuela Carola, de quien solía ir acompañado. En sus memorias habla sobre las muchas salas del barrio, la mayoría de ellas emplazadas en solares. «Mis más lejanos recuerdos son los del cine al aire libre, que se instalaba todos los veranos en un solar en el que acababa la calle Álvarez de Castro», y que él alcanzaba a ver desde el balcón.

Había otro cerca de su casa, en Fernández de los Ríos, «pero [a su abuela] le parecía que era demasiado golfo o demasiado pobre, y me llevaba a otro que suponía más distinguido en la calle de Luchana, donde hoy está el cine del mismo nombre», y que el autor ubica en el terreno de los actuales Teatro Luchana, si bien estos no fueron construidos hasta los años 40.

Por las páginas aparecen también el Bilbao, El Boy –al que una ley franquista obligó a cambiar por ‘Voy’, al no admitirse palabras extranjeras, y donde anteriormente estaba el garaje Carrizo, del padre de uno de sus amigos, y hoy un taller de Harley-Davidson– o el Hollywood –que desde 1939 fue el Apolo, por lo mismo–. En otro momento habla del Teatro Gran Metropolitano, en Reina Victoria, un «modernísimo edificio recién inaugurado», al que iban desde la estación de Quevedo, también recién estrenada. En los 70 este inmueble se transformaría en el salón de banquetes Lord Winston’s, y hoy lo ocupa un hotel.

Otro de los grandes recuerdos que siempre mantuvo el académico fue la verbena de las Fiestas del Carmen, que «tanta magia» proporcionó a su infancia. A mediados de julio se instalaba en la entrada de Álvarez Castro, y se extendía por Eloy Gonzalo. Fernando evoca las vueltas en el “lujosísimo” tiovivo de los cerditos, como «una de las primeras cosas que debí de hacer en mi vida», y también las barracas, los carruseles, la noria, el güitoma o los disparos de los tiro al blanco, que escuchaba durante toda la noche desde su cama. [Foto: Santos Yubero]

«[Aquella verbena] Eran para mí una especie de milagro pagano, que al llegar el calor se producía de repente, que volaba entre risas, música, disparos, humo de churros (…) y que luego desaparecía al amarillear las hojas, por el mismo arte de magia que habían florecido».

Los juegos y el Campo de las Calaveras

El tiempo amarillo describe también los juegos infantiles en los que participaba, en la parte alta de aquella calle “calcinada por el sol” y «aún sin urbanizar del todo, delante de las tapias de un lavadero al que se entraba por la calle de Bravo Murillo, y que permaneció allí muchos años». El pequeño Fernando se entretenía revolcándose en la tierra, correteando, jugando a dola o al rescatado o saltando la alambrada de los Jardines del Canal de Lozoya, donde le perseguía un guardia cojo al que llamaban “Romanones”.

Aunque nunca fue diestro en el fútbol, los recuerdos le llevan al Campo de las Calaveras o a los «desmontes a medio urbanizar del antiguo cementerio de San Martín», cuyo lugar coincide con el actual Estadio de Vallehermoso, y donde «se jugaba al fútbol con camiseta, pantalón, botas y balón de reglamento, en el campo de Moneda y Timbre; y en otros solares de alrededor se jugaba de cualquier manera». Allí se congregaban los “buscavidas” que montaban sus tinglaos de apuestas y «obreros de Tetuán, Cuatro Caminos, Vallehermoso y Chamberí y campesinos recién llegados a la metrópoli se jugaban allí las pestañas».

Fernán Gómez los recuerda también en la última Tercera que publicó en ABC, al hablar de los varios cementerios que hubo entre Bravo Murillo y Reina Victoria, cuya demolición, «ya en el siglo XX, dio lugar a una extensa zona de solares edificables, utilizada por el vecindario como lugar de esparcimiento», y en las que, «según el rumor popular, con frecuencia se encontraban restos de esqueletos humanos», de ahí el nombre.

Guerra Civil e inicios como actor

Unos días antes de estallar la Guerra Civil, Fernando parte con su abuela hacia Colmenar, aunque un mes después logran el salvoconducto para regresar a Madrid, al piso de Álvarez de Castro, 22. Allí, el 27 de agosto de 1936 –víspera de su 15º cumpleaños– viviría el primer bombardeo de la aviación rebelde. El académico recuerda en esos primeros meses de contienda los cañonazos a cualquier hora, cada vez más próximos, y las balas perdidas de un frente que apenas quedaba a un kilómetro.

Cuando comenzaban las bombas, todos los vecinos bajaban al sótano, donde había picos y palas por si se obstruía la puerta. El dueño de la finca era un escultor religioso, que tenía su taller en la planta baja –de ahí que se la conociera como “la casa de los santos”–, y que se pasaría tres años oculto en la buhardilla, hurtando libros a Fernando para distraerse.

Durante la Guerra comenzaría su periplo como actor, primero como comparsa, para lo que tuvo que sacarse el carné del Sindicato de Actores de la CNT. Como casi todos los jóvenes estaban en el frente, él aprovechó la dispensa que le proporcionaba su nacionalidad argentina para, en menos de un año, conseguir papeles cómicos breves en el Teatro Eslava.  

Cuando se lo permitía el oficio, asistía a clases de Filosofía y Letras en la Facultad de Derecho de la calle de San Bernardo –ya que el edificio de Ciudad Universitaria había quedado muy deteriorado–, aunque lo abandonó a los dos años, a medida que iba creciendo su trayectoria sobre las tablas.

Tras la Guerra alternó el teatro con el cine, donde pagaban más, y su fama fue creciendo. Conoció entonces a María Dolores Pradera, que también trabajaba en la compañía de Enrique Jardiel Poncela –la persona que más influyó en la carrera teatral de Fernando–, y se casaron en 1945. Durante un tiempo, debido a sus apuros económicos, compartieron con su madre Carola el piso de esta en Álvarez de Castro, pero se fueron cuando crecieron los roces entre suegra y nuera.

Fuera de Chamberí, la pareja viviría en un “lóbrego” apartamento en la calle del Tutor y en uno, más lujoso, en el paseo de la Castellana. Del segundo recuerda que hubo épocas en las que no podían pagar los recibos, mientras del de Tutor, un semisótano interior donde vivió ocho años ya separado de la actriz, lamenta que «en nada se parecía a los soleados pisos en los que viví con mi madre y mi abuela cuando éramos pobres».

Cuando la pareja abandonó la casa de Álvarez de Castro, Carola quedó sola, y el casero aprovechó para, amparándose en una ley, echarla un año después de la que había considerado “su casa” desde hacía 20 años. Afortunadamente, para entonces Fernando Fernán Gómez ya tenía dinero suficiente para comprarle otra vivienda a su madre, y él incluso acabaría trasladándose también a un chalé en Guadarrama, a donde se llevó finalmente los recuerdos de su infancia chamberilera.

1. Placa conmemorativa, en Álvarez de Castro, 22. 2. Colegio Santa Teresa-Academia Domínguez, en Álvarez de Castro, 16. 3. Colegio San José, en Fuencarral, 126. 4. Institución Libre de Enseñanza, en Martínez Campos, 14. 5. Cine Luchana. 6. Verbena del Carmen, en la calle de Eloy Gonzalo. 7. Antiguo Cementerio de San Martín y Campo de Moneda y Timbre. 8. Campo de las Calaveras, antiguo cementerio de La Patriarcal. 9. Jardines del Canal de Lozoya.


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