Torres Colón, la arquitectura suspendida que desafió al refranero

La sabiduría popular asegura que no hay que empezar la casa por el tejado. Y esto es precisamente lo que iba a refutar Antonio Lamela en las Torres Colón, donde las plantas superiores no se apoyan en las inferiores, sino que ocurre exactamente al revés, lo que las convierte no solo en uno de los pocos edificios suspendidos desde su cabeza –hay ejemplos de esto en el mundo– sino también el que cuenta con mayor número de plantas colgadas gracias a una estructura de hormigón armado. Este año se cumple medio siglo del inicio de esta polémica obra, y el Teatro Fernán Gómez ha montado una exposición para dar a conocer sus características y trayectoria.



Antonio Lamela, responsable posteriormente de trabajos como la remodelación del Santiago Bernabéu, el edificio Pirámide, el Meliá Princesa o la T4, iba a emplear todo su genio en la que sería su obra cumbre. Planteadas en principio como una sola y para uso residencial de lujo, las torres finalmente se desdoblarían en dos a propuesta del estudio de Lamela, con el fin de evitar una altura desproporcionada respecto al resto de la plaza.



El uso del hormigón pretensado resultaba un recurso insólito, empleado fundamentalmente para puentes y obras de ingeniería, pero no para un edificio en altura, cuya estructura solía ser metálica. Sin embargo, el sistema en suspensión se hizo necesario ya que una estructura tradicional hubiera requerido grandes pilares en los sótanos, restando espacio para las rampas y las plazas de aparcamiento, de las cuales la ordenanza municipal exigía un mínimo de 150.



Asimismo, el diseño de estructura suspendida liberaría un espacio diáfano en la superficie para los peatones, potenciando la obsesión de Lamela por que sus edificios “flotasen”, se apoyasen apenas el suelo, como ya hiciera en las terrazas voladizas de su primera obra, en O’Donnell, 33, o como se aprecia en la entrada de Islas Filipinas, 42, en Chamberí.



El hormigón es, pues, el material que vertebra esta simbiosis entre arquitectura e ingeniería, desde los iniciales y esbeltos núcleos de hormigón, que constituyen su único apoyo en el suelo y que sirven para engarzar las cabezas y los forjados de las plantas. Como coronación de estos se instalaron las plataformas o cabezas, cimentación aérea de las torres y puente de mando desde el que se realizaron las complejas labores de armado y tensado de cables de las vigas que comprimirían las sucesivas plantas, transmitiendo las cargas de abajo arriba, esto es, desde los tirantes que rodean la fachada hacia las cabezas, y de éstas a los núcleos centrales. El promotor del proyecto fue el empresario José Osinalde Peñagraciano, que ya había trabajado con Lamela en el Complejo Galaxia de Gaztambide y en la construcción del barrio madrileño de San Ignacio de Loyola, entre otros.



Amenaza de demolición



Los problemas comenzarían apenas un año después de iniciarse la obra, cuando el Ayuntamiento consideró que el proyecto superaba en nueve metros la altura aprobada, y ordenó su demolición parcial. El por entonces alcalde de la Villa, Carlos Arias Navarro, se tomaría el caso como una cuestión personal y quiso darle un carácter ejemplar. El caso hizo correr ríos de tinta, si bien tenía una explicación técnica: el exceso de altura no se debía al incremento de edificabilidad sino a la singularidad del sistema empleado: eran las cabezas que sustentaban las plantas las que sobrepasaban la cota prevista, lo que no contravenía el ordenamiento, como aclaró el Tribunal Supremo en 1973.



Las obras estuvieron paralizadas tres años, tiempo durante el cual la plaza convivió y la ciudadanía especuló con aquellos dos enormes juncos de hormigón rematados por sendos cuadrados, sin que casi nadie supiera exactamente qué ocurría allí. La sentencia condenaba al Ayuntamiento a pagar daños y perjuicios, si bien la compañía optó por una salida negociada y sólo pidió el cambio de uso de residencial a terciario. Un cambio, de viviendas a oficinas, que resultaría más fácil de vender en una época de crisis donde las casas de lujo tenían poca salida.



Rumasa: compra y expropiación



La transformación obligó al estudio de Lamela a reajustar el proyecto. A punto de terminar las obras, Osinalde decide vender el inmueble a un joven y emergente empresario, José María Ruiz Mateos. El dueño de Rumasa adquiere el edificio en 1975 por 1.700 millones de pesetas, y lo rebautiza como Torres de Jerez.



Durante cerca de una década, las torres constituyen el símbolo del hólding de la abeja, hasta que Rumasa es intervenido. El inmueble, expropiado, se adjudica al grupo británico Heron, que recupera el nombre original. 



En ese tiempo, el Ayuntamiento comienza a requerir la adecuación de los edificios a la normativa contra incendios, lo que supone otra complicación para el inmueble, que contaba con una única escalera interior por cada torre. Se imponía un sistema adicional de emergencia, y la alternativa lógica pasaba por construir dos escaleras interiores que sustituyeran la inicial en cada torre, si bien esto implicaba una ampliación de la huella del hueco y unos trabajos incómodos en unos inmuebles cuyos inquilinos tenían contratos de larga duración.



Al final, se opta pues por una nueva escalera situada entre las torres y accesible desde ambas.  Como esta nueva estructura también debía colgar de las cabezas, se idea una coronación de estilo art decó, un polémico remate que automáticamente iba a servir para apodar la obra como “el enchufe”. El proyecto también incorporaba un nuevo recubrimiento exterior de vidrio, que velaba el cerramiento de aluminio original. Estas transformaciones fueron obra del propio Lamela, que no obstante siempre confesó que le gustaba más –“se entendía mejor”– el proyecto inicial.



En cualquier caso, tanto el remate como la nueva fachada se consideraron actuaciones provisionales y desmontables, para unos 10 o 15 años, pese a que, casi tres décadas después, continúan en pie, y en perfecto estado.



A mediados de los 90, Heron vendería el edificio a la Mutua Madrileña, su actual propietaria. En 2018, a petición del Consejo Regional de Patrimonio, el Ayuntamiento anunció que estudiaría la protección de las Torres Colón. El anuncio coincidía con la previsión por parte de la propiedad de iniciar una gran reforma del inmueble, en la actualidad vacío. Una remodelación que ahora deberá tener en cuenta la resolución del Área de Desarrollo Urbano Sostenible sobre en qué grado y qué elementos se deberán proteger de esta –por más que se pretenda discutir– indiscutible joya de la arquitectura de la capital.




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