Alcaldes

Hace unos días una fotografía en Twitter me recordaba al alcalde de Tiburón, aquel escrupuloso que, cuando el escualo ya había comenzado su sangría en la playa de Amity, aún decía que «todo es cuestión de psicología. Si gritas ¡barracuda!, la gente dice: ¿qué? Pero gritas ¡tiburón! y cunde el pánico, y adiós 4 de julio». El mismo alcalde que cinco años después, ya en Tiburón 2, seguía dirigiendo la isla y priorizando la temporada veraniega, con el beneplácito de sus electores. Salvo que los engullidos por el jaquetón blanco hubieran desembarcado de un crucero y los amityenses fueran turistófobos, no se me ocurre mejor elección en contra de sus propios intereses. Exceptuando quizá al mayor Joe Quimby, eterno alcalde de Springfield, en el cargo desde 1986 –casi como Sánchez Gordillo–, y al que ni sus vínculos con la mafia, ni sus continuas corruptelas ni sus escarceos con izas, rabizas y colipoterras les suponen a los amarillos vecinos de Los Simpson motivos suficientes para desalojarle del sillón municipal.

Y es que los electores no siempre son conscientes de la importancia de lo que votan en sus circunscripciones locales, pero hay alcaldes y alcaldadas. No es lo mismo Pedro Crespo, que enseguida se preocupa por sus asuntos de honor, que Pepe Isbert asomado a un balcón y debiendo siempre una explicación, pero sin acabar de «pagarla» porque, al fin y al cabo, «en las arcas jamás ha habido un céntimo» y los vecinos de Villar del Río pueden pedir lo que quieran siempre y cuando lo sufraguen los americanos. Por otra parte, un alcalde sordo, que repite los discursos y que acaba decepcionando a todos tampoco es ninguna novedad, y que Berlanga, Bardem y Mihura me perdonen.

Hay alcaldes hipócritas como aquel de El extraño viaje, que organizaba bailes y rezongaba «qué pueblo más ordinario», o cabezotas como el Peppone de Guareschi, siempre a garrotazos y siempre inseparable de Don Camilo. A ninguno se le organizó un recibimiento como a Rafael Alonso en Amanece que no es poco, con aquel «viva el munícipe por antonomasia», el «todos somos contingentes, pero tú eres necesario» y demás vítores que, ya en un arranque de efusividad, se hacían extensivos a «la tía cojonuda que viene con él».  Claro que este era un alcalde «de siempre» y no le temblaba el pulso si tenía que expulsar a unos americanos comandados por Gabino Diego y que aquí, al contrario que en Amity, sí se rebelaban contra ese alcalde que «nos toca las pelotas».


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