Ya en el siglo pasado comenzaron los seguros: seguro de la casa, “casa asegurada de incendios”, seguro del coche…. No se puede firmar una hipoteca, sino hay un seguro; el seguro del coche es obligatorio. Las compañías de seguro pueden asegurarnos casi cualquier cosa y esto nos da tranquilidad, como si todos los imprevistos que pudieran aparecer ya estuvieran resueltos. Y claro, más vale prevenir que curar, y por eso está bien, en cierto modo.
Somos una sociedad civilizada, usamos el método científico para calcular las probabilidades, tanto del éxito como del fracaso de cualquier acontecimiento medible, pero eso, en realidad, no nos asegura nada. Por ejemplo, la probabilidad de morir en un accidente de tráfico es del 1 % (a nivel mundial), pero nada nos puede asegurar que somos del 99 % que no se muere, o ese 1 % el que pudiera ser yo; o ¿cuál es mi riesgo cardiovascular? Es decir la probabilidad de que me dé un infarto, cardíaco o cerebral, según mi estilo de vida, mi edad... Sin embargo, si conduzco a 210 km/h, hago caso omiso de las señales de tráfico, o consumo excesivo alcohol, fumo, me sobra peso, no hago nada de ejercicio y tengo la tensión alta… es muy probable que lleve demasiadas papeletas para algo que pudiera evitar.
En realidad, todos somos conscientes de que no hay nada seguro y aun así no dejamos de pensar en los planes del mañana; en cuando lleguen las vacaciones, en cuando consiga un trabajo estable, cuando me jubile… y vamos posponiendo en el presente ponernos el cinturón de seguridad, hacer más ejercicio, cuidar la dieta…
Dependiendo de la edad que tengamos, nuestra experiencia de vida ya nos ha enseñado que casi nunca salen las cosas como las planeamos. La vida es incertidumbre, nada es seguro, todo es tan posible como imposible a la vez. Pero no estaría de más, echando un vistazo a las probabilidades, potenciar nuestros recursos, fomentar nuestras capacidades, para aceptar esa incertidumbre, para asimilar los tragos duros de la vida, y también para disfrutar de lo que en este presente tiene de maravillosa nuestra existencia.
Aceptar que la incertidumbre forma parte de nuestra historia, nos puede liberar de algunos sentimientos de culpabilidad, aceptando la parte de responsabilidad propia que nos toca, y dejándonos sorprender por la vida, con confianza, sin miedo y con mucho amor.
Al fin y al cabo, como dice una vieja canción, “La vida es una tómbola, tom, tom, tómbola”.



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