Carabias

Como cualquiera de mi generación, identifico su voz al instante desde hace más de 40 años. De ahí que, cuando me lo encontré en cuerpo y palabra como Don Nuño Manso de Jarama en el notable montaje de La Venganza de Don Mendo que Esperanza Lemos ha subido al escenario del Teatro Amaya, me dio un respingo la nostalgia.

Allí estaba el gran Pepe Carabias en la descacharrante obra de Muñoz Seca, recitando aquello de «la cuna de los Manso de Jarama/ a fuerza de ser alta cual ninguna,/ más que una cuna dijérase que es cama», o eso otro de «si veinte fueron los Toros,/ fueron pocos, vive Dios,/ que para veinte, hay cien Mansos,/ cuya sangre llevo yo».

La verdad es que hacía tiempo que le había perdido la pista, así que googlee al salir del teatro para ver en qué andaba ahora, además de como ultrajado padre de Magdalena, aquel Pepe Soplillo enamoriscado de la pelipequirroja Verónica Mengod. Por cierto que esa marioneta, a la que prestaba voz y mano, fue realizada ex profeso por el mismísimo Jim Henson, allá por los años 80, para que Pepe la manejara en el programa infantil El Kiosco. Quién puede presumir de algo así.

Con su pequeña estatura y su perpetuo tono adolescente, Carabias lo ha hecho todo en el cine –desde 'Historias de la televisión' hasta el Papa de Ja me maaten, pasando por películas del destape o de Garci–, la televisión –desde El Monstruo de Sanchezstein al Un, dos, tres y un puñado de series de éxito– o el teatro, donde ha interpreado papeles de Jardiel, Mihura o Alfonso Paso.

A sus 79 años, y con 63 de profesión a sus espaldas, está además considerado uno de los grandes actores de doblaje, y ha puesto su voz a decenas de personajes de dibujos, como D'Artacan o Benji Price, el infranqueable y un tanto estomagante portero de Oliver Atom. Y sigue haciéndolo a día de hoy. O seguía, porque, según ha contado, acaban de apearle de doblar al protagonista de un clásico de los dibujos animados japoneses para las próximas temporadas, con el argumento de que no podía asegurar seguir vivo los próximos dos o tres años. Pero Pepe seguirá ese tiempo y mucho más al pie del cañón, porque es un bravo –iba a escribir un grande, que también–. Quienes han demostrado ser unos mansos son los otros.


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