Ya decía hace un siglo el gran Wenceslao Fernández Flórez (gracias, Beatriz Manjón) que el principal motivo por el que los españoles jugamos a la Lotería de Navidad no es la codicia, sino la envidia. En verdad, sólo un puñado de indocumentados optimistas tienen tanta fe en su suerte como para gastar el dinero que no tienen en un premio que casi con total seguridad no les tocará. El resto, la inmensa mayoría, juega más de lo que debe simplemente para que no le toque al vecino o al compañero de trabajo, y a él no. “Si el azar enriquece a este asno abominable, yo debo enriquecerme también”, escribía. “Créame: en la Lotería de Navidad es donde mejor puede comprobarse que el hombre es un lobo para el hombre”, sentenciaba el gallego autor del 'malvado Carabel', aquel bonachón al que las maldades le salían fatal.
Lo que también ha salido fatal, haya sido o no una maldad, es lo del Gordo de Villamanín. Ya saben: los jóvenes de la Comisión de Fiestas del pueblo leonés vendieron 50 participaciones de más del número agraciado, sin respaldo de los décimos correspondientes, lo que ha generado un agujero en las ganancias de cuatro millones de euros entre los premiados, además de detonar la convivencia en la pequeña localidad. El sorteo ha regado de dinero el pueblo y los alrededores, pero mientras unos disculpan el “error” de los responsables y están dispuestos a recortar sus ganancias en unos 5.000 euros por barba, otros se dejan mecer por acusaciones venenosas y sospechas de estafa, y se disponen a defender con uñas y dientes un dinero que les ha caído del cielo. “Pueblo chico, infierno grande”, dice el refranero.
Sin duda los más generosos de todos son a quienes no les ha tocado un céntimo. Esos darían gustosos una parte de sus inexistentes ganancias en caso de haber sido premiados, y señalan la avaricia de quienes siembran la cizaña del posible fraude. Otros argumentan que la Comisión de Festejos no ha podido organizar esta guerra civil latente por 250 cochinos euros de beneficio ilícito, pero yo no daría nada por sentado habiendo parné de por medio: quién iba a imaginar que acertarían con el Gordo. “Lo que importa es el dinero, el resto es conversación”, decía Gordon Gekko en Wall Street. Y añadía: “Lo malo del dinero es que te obliga a hacer cosas que no quieres”. Sobre todo, si no tienes, añado yo.



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