Un ‘finde’ largo

Reconozco que le había perdido la pista desde que dejó la Asamblea para irse a hacer “País”, pero Íñigo Errejón ha vuelto. Ha vuelto, y no en forma de chapa, como decía de Alf su sosias Milhouse. Más bien en forma de político obrerista del XIX, pero adaptado a estos tiempos del teletrabajo y las urgencias climáticas.

Considera Íñigo que un trabajador “atornillado a la silla” no es productivo, y que el problema de un mercado laboral donde cada vez hay menos gente empleada es que pasamos demasiado tiempo trabajando, u holgando en la oficina. Por ello quiere que el horario laboral se reduzca en una hora cada jornada, o bien librar un día más a la semana. Lo que viene siendo un ‘finde’ largo.

¿Que por qué es importante atender esta “problemática” en un “País” que destruyó más de 600.000 empleos en 2020? Para mejorar la conciliación, reducir los desplazamientos (?) y aumentar el ocio. Literalmente, para que el trabajador “gane en soberanía vital y derecho al tiempo libre”.

Y a ver, no es que uno considerase a Errejón un émulo de Aleksei Stajánov, aquel minero soviético que logró recoger 102 toneladas de carbón en un día, 14 veces la cantidad habitual, pero esto de reducir la semana laboral plantearía en primer lugar el problema de los “juernes”, convertidos automáticamente en vulgares viernes, y habría que inventarse los “miernes” para ver si así salvábamos algo la hostelería. Si además puedes enlazar con días de asuntos propios o con algún moscoso –me da que los funcionarios no van a tardar en subirse a esta ola–, en un fin de semana podrías verte medio catálogo de Netflix sin apenas trasnochar. A tope de soberanía vital.

Tampoco es que yo me niegue a trabajar menos horas si no me van a tocar el sueldo, entiéndanme. De hecho, incluso estaría dispuesto a cobrar más por hacer lo mismo, pero no sé cómo le puede beneficiar el plan ideado por esta némesis del estajanovismo a quien ande buscando un sustento, que ahí está el meollo del cogollo.

Con todo, Errejón se ha mostrado dialogante y su intención no es obligar de manera inmediata y general a los tiesos empresarios a mandar a sus trabajadores antes a casa sin menoscabo de sus nóminas. Por el momento, le ha bastado con arañar a Carmen Calvo 50 millones de euros para dárselos a aquellas empresas que quieran probar el “experimento”, que en la época de Eugenio D’Ors se hacían con gaseosa, y ahora van con cargo a los fondos europeos. 

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