Francisca Aguirre: “Lo que me inspiró para escribir fue la guerra y el hambre. Esas cosas no se olvidan”

La vida de Francisca Aguirre (Alicante, 1930), Paca Aguirre,  no ha sido fácil en absoluto. Primogénita del pintor republicano Lorenzo Aguirre, ejecutado por el franquismo, sufrió junto a su familia las miserias de la posguerra y el acoso de la policía del Régimen. “Venían dos veces por semana para saber quiénes vivíamos aquí”, recuerda, con rabia. Aunque comenzó a escribir versos durante la adolescencia, no publicó su primer libro, Ítaca, hasta los 47. Para entonces ya estaba casada con Félix Grande, poeta, flamencólogo y crítico español. Hace unos días, recibió la noticia de que se le otorgaba el Premio Nacional de las Letras Españolas 2018 por su trayectoria literaria.

Paca sigue viviendo, con su hija, la también poeta Guadalupe, en la residencia familiar de la calle de Alenza. Allí nos recibe, con un bonito collar verde esmeralda, una blusa de leopardo y una sonrisa deslumbrante. Recorremos el pasillo lleno de libros perfectamente dispuestos, que según Paca y su hija, fue obra de Félix –“el del orden era él”, comentan al unísono– y nos sentamos en un salón repleto de cuadros de su padre.

¿Qué ha supuesto, a sus 88 años, recibir el Premio Nacional de las Letras?

Yo no soy nada ególatra, creo que los que conceden estos premios siempre se olvidan de alguien mejor, y que lo merezca más. Ha pasado siempre. Aun así ha supuesto un reconocimiento que me hace ilusión, sobre todo por que se reediten mis obras para que lleguen a más gente. La poesía sólo tiene sentido si la gente la lee. Ése es mi verdadero legado: transmitirle mis vivencias y pensamientos de aquel momento a la gente de ahora.

¿Cuándo empezó a escribir?

Yo tenía papelitos escritos desde los 13 años. Pero llegó un momento, como a los 19, que me puse a revisarlos y los quemé todos, para empezar de nuevo en serio. Todo eso eran tonterías. Para escribir hay que hacerlo bien, con cabeza y, sobre todo, hay que instruirse mucho. Por eso empecé a devorar todos los libros que caían en mis manos. Publiqué cuando sentí que tenía algo importante que decirle al mundo. Hasta ese momento sólo había escrito ideas sueltas, sin proponerme un proyecto conjunto.

Paca Aguirre junto a los cuadros de su padre Aguirre, en el salón de su casa, rodeada de cuadros de su padre.

¿Cómo conoció a Félix Grande, y qué supuso su unión?

Fue en el Ateneo de Madrid, en el 57. Me acuerdo perfectamente: yo estaba hablando con Pepe Hierro, alguien me dio un empujón para saludarle y Pepe nos presentó. Ese mismo día me rompió una media, con lo caras que eran en esa época… y yo sólo pensaba en lo que me iba a decir mi abuela, que fue algo así: “Paquita, tienes que distinguir entre un hombre y un caballo, y un hombre que te rompe una media así ya sabes lo que es”. Y yo me enamoré de aquel caballo, fue un flechazo. Félix tenía un origen campesino y era más joven que yo, pero se había cultivado todo lo que había podido en la biblioteca municipal de Tomelloso (Ciudad Real), gracias a Francisco García Pavón, su director. Allí fue dónde Félix comenzó a leer compulsivamente con su amigo del alma, Eladio Cabañero, poeta también y que conocía pasajes de ‘El Quijote’ de memoria. Ya en Madrid se empapó de todo y no faltaba a ninguna tertulia. Recuerdo cuando nos juntábamos en el Café Gijón, y Rosales sacaba unos poemas de Antonio Machado que había conseguido rescatar, y los analizábamos, ¡qué maravilla! Si hubo algo que nos unía a Félix y a mí era nuestro amor por Machado.

Aparte de Machado, ¿cuáles han sido sus principales influencias literarias?

Uf, no sé, tengo tantas… yo intentaba leer todo lo que caía en mis manos, desde Rubén Darío hasta Rosa Chacel. Todos los de esa época nos influíamos mutuamente, pero lo que a mí más me inspiró a escribir fue la guerra y el hambre. Esas cosas no se olvidan.

¿Cómo fue su infancia en Chamberí?

Pues con mucho miedo, porque las casas de alrededor eran de militares de alta graduación, así que nosotros éramos unos intrusos en ese ambiente. A mi padre lo habían matado por rojo y mis tíos tenían que estar escondidos en la sierra para que no los mataran también.

Pero, por otro lado, a mí me enseñaron a vivir sin envidias, sin rencores, porque eso sólo nos había llevado a la desgracia de la guerra, así que dentro de lo que cabe intenté aprovechar lo que tenía: acceso a la cultura y pensamiento crítico. Mis hermanas y yo reuníamos moneditas para alquilar libros en la calle de Ponzano, en la ‘Tienda Verde’. Además, más tarde, mis hermanas y yo pudimos estudiar gracias a un colegio de Monjas del Sagrado Corazón de Jesús, que nos enseñaron lo básico, en agradecimiento a los apoyos que les dio mi abuela durante la Guerra Civil. Después aprendimos ortografía y taquigrafía en una academia. Yo comencé a trabajar como secretaria del poeta Luis Rosales y eso me abrió muchas puertas.

¿Sigue escribiendo actualmente? ¿Qué lee?

Lo cierto es que el tiempo no perdona, ahora ya casi no escribo. Pero leer sí, eso es algo que no se olvida y que no se deja así como así. Es mi gran vicio, qué digo, casi como respirar. Lo último que he leído ha sido A tientas, hermano Kafka, de Arnoldo Liberman. Pero también he estado releyendo a Olga Orozco, a mi adorado Machado y a Vallejo. Últimamente releo bastante. Será para refrescar la memoria.

Una memoria que es oro sobre los últimos 80 años de España, y que ha plasmado en sus 11 libros de poemas, reunidos en Ensayo general. Poesía reunida 1966-2017, publicado este año por Calambur, además de en un libro de memorias y otro de relatos. En la última década, a su lista de premios Paca ha sumado el Nacional de Poesía (2011) y el reciente Nacional de las Letras Españolas. Dos galardones que se toma con naturalidad desde su morada chamberilera, ocupada ya tan sólo en leer, y en ser leída.

Laura Conde

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1 comentarios

  1. Pippo Bunorrotri | 01/01/1970 01:33h. Avisar al moderador
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