José Luis Moro: “Hago música con minúsculas; es lo que sé hacer y lo que me divierte”

El creador de Un Pingüino en mi ascensor vive en Chamberí desde hace 30 años dedicado a la publicidad


Triunfó en la segunda mitad de los 80 gracias a su pop nasal, a un nombre artístico y unas letras extravagantes y a un teclado “que era el hermano mayor del Casiotone”. Cinco años y cuatro elepés después, la crisis y un último disco “más serio” le hicieron dejar a un lado el órgano y embarcarse en el mundo de la publicidad, donde lleva casi tres décadas cosechando aplausos, premios y algún rapapolvo.

En 1991 se “retiró” de la música, pero como los toreros: sin acabar de irse, porque desde entonces no ha dejado de dar conciertos junto a Mario Gil, la otra parte contratante del “Pingüino”. “Me hace feliz cantar canciones que hice en los 80 y que la gente las siga pidiendo”, confiesa este músico, fundador y director creativo de la agencia Pingüino Torreblanca y vecino de Chamberí desde hace 30 años.

¿De dónde te viene esa afición por la publicidad?

Desde niño me fascinaban los personajes de los anuncios: Juan Valdéz, Manuel Luque, Mimosín, la chica que buscaba a Jacq’s… siempre me quedaba con ganas de saber más de ellos: qué hacían luego, donde vivían, qué pecados tenían… y como nadie lo contaba empecé a escribir canciones sobre ello.

En tus canciones hay decenas de referencias a marcas comerciales. Eres casi el inventor emplazamiento publicitario musical…

Sí, todas gratis. Si lo hice, es una mierda de invento, porque nunca me han mandado ni una cesta por navidad. En mis canciones hablo de lo que tengo alrededor, de lo que me parece divertido o curioso, y la publicidad forma parte de nuestra cultura, convivimos con ella, con sus personajes, hacemos chistes… Es parte de nosotros.

Dedicaste una canción a Manuel Luque, aquel directivo del “busque, compare…”. ¿Llegaste a conocerlo? ¿Qué te pareció aquella campaña?

No le conocí, creo que trabaja como asesor de empresas. La campaña estaba fusilada de una americana, incluso “el busque, compare…”. Los americanos no tienen vergüenza para eso, pero en España nadie lo había hecho. El tío era muy natural, tenía gracia, y daba credibilidad al producto.

Te has servido siempre del humor, tanto en la música como en publicidad, pese a decir que siempre es una decisión equivocada. ¿No tienes propósito de enmienda?

Y me reafirmo. Las comedias se consideran un género menor. Las que han ganado los Oscar no llegan a 10. El drama tiene más éxito, es cine “con mayúsculas”. Yo hago música con minúsculas, género chico del pop, y a mucha honra. Es lo que sé hacer y lo que me divierte.

Pienso además que la publicidad es algo intrusivo: las marcas te venden cosas que la mayoría de las veces no necesitas, te invaden en casa, por la calle o en internet, y me parece honesto hacerlo de forma simpática. Quiero alegrarte, y luego me compras o no. Pero el humor no es un camino que te dé prestigio porque el prestigio está asociado a las cosas serias.

Has sufrido la censura en publicidad y me temo que muchas de tus letras no pasarían hoy por los sensibles filtros de ciertos colectivos. ¿Es el humor hoy un deporte de riesgo?

Yo defiendo el contexto, y en ese contexto se sabe que todo tiene un punto de broma, de reírse de casi todo. En las listas de canciones indignantes de los 80 siempre aparece alguna mía, con La mataré de Loquillo o Sí, sí, de Los Ronaldos. No tiene sentido decir que estoy haciendo apología de nada. Me da rabia que haya quien piense que los problemas reales de la vida se solucionan censurando cosas.

Creativo profesional y casi vital. ¿Cómo un joven de familia acomodada, estudiante en ICADE, dice a sus padres que quiere tocar el teclado y cantar “Espiando a mi vecina”?

Creativo es una palabra muy pretenciosa. Hay mucha gente creativa, solo que el profesional tiene además la osadía de pensar que le pueden pagar por ello. Mi madre era una persona muy creativa, nos inculcó que era divertido hacer las cosas de manera diferente. Todas las nochebuenas hacíamos unas obras de teatro supercomplejas para la familia, musicales, cosas increíbles… yo aprendí a rimar muy rápido porque lo hacíamos en casa, y a cambiar las letras de las canciones.

Cuando estudiaba Derecho convencí a mi padre para que me comprara un teclado de esos que usaban los gitanos con cabra, y sus palabras fueron: “Te lo compro porque me he dado cuenta de que no te vas a dedicar a ello” (ríe). Nunca me lo ha echado en cara.

¿Cómo acabó aquello?

Hubo un momento muy divertido, en el 91. Yo soy el mayor de siete hermanos, y mis padres me dijeron: te tienes que ir de casa, porque estás dando un ejemplo a tus hermanos que no es real, van a pensar que la vida es tan maravillosa como que teniendo 21 años ganas mucho dinero, haces lo que te da la gana… y no va a querer estudiar ninguno. Me pareció muy razonable.

Participaste en ese escaparate de La Movida que fue el Concurso ‘Villa de Madrid’…

Fue muy divertido. Había un trámite en el que todos los grupos inscritos tenían que ir al Ayuntamiento para pasar lista. Yo iba orgulloso pensando que mi nombre era muy original y allí había 200 tíos rarísimos, a los que un funcionario de 60 años iba llamando. Decía: “Falos Halógenos”, y un punki levantaba la mano; “Percebes Benz”, otro… y yo ¡pues vaya mierda el mío! Me clasifiqué para las semifinales, me vio una persona de Radio Nacional y grabé una maqueta en sus estudios.

¿Hasta cuándo crees que va a durar la nostalgia de los 80?

No sé, debería haberse agotado ya. Tiene que ver con el momento vital que hay ahora, la gente se niega a envejecer y a encerrarse. Hay una generación que empezó a escuchar mis canciones con 12 o 13 años y que ahora están desbocaos… al acabar los conciertos, me dicen: es que me recuerdas a la mejor época de mi vida.

También ha servido para que volvieran todos los grupos de entonces, o casi.

Nosotros nunca nos fuimos, pero en los 90 nuestros fans desaparecieron. Fue una travesía dura: hacíamos conciertos y no venían ni mis hermanos. En 2002 nos contrataron para un concierto en la antigua Macumba, en Chamartín, un sitio para tres mil personas. Veníamos de no llenar en aforos de 100 y aquel día se agotaron las entradas. Nunca entendí por qué, pero desde entonces tocamos unos 30 conciertos anuales, y llenos siempre.

Naciste en La Milagrosa y, aunque de pequeño viviste en Chamartín –“hasta que me echaron”, pronto te casaste y te viniste a Chamberí, donde has vivido hasta en cuatro casas diferentes en el distrito. Sois además unos habituales en la Sala Galileo y antes, en Clamores. ¿Qué te parece el barrio?

Me encanta, me parece maravilloso, bonito. La gente me gusta mucho y soy superfan de los mercados, antes del de Alonso Cano y ahora estoy enamorado del de Vallehermoso, casi te diría que vivo allí dentro… me muevo mucho por las calles. También pasé la adolescencia y juventud por aquí, porque la pandilla eran todos de los Maristas, y nos veíamos en nuestro bar de cabecera, la Cervecería Churruca, que ya no existe.

Para acabar, también eres un coleccionista algo friki. ¿Qué coleccionas?

Nada realmente valioso. Colecciono cosas que no pude tener en mi infancia, álbumes de cromos de los 70, de Bimbo, o recortables de vaqueros. Comencé con pingüinos, porque me regalaban muchos, y lo más friki es una vitrina con forma de pingüino que me hizo un carpintero, que es donde los tengo guardados; también dispensadores de Caramelos Pez: tengo 500, una pasada para quien viene a casa pero que a mí, que veo a americanos con 5.000, me parece una mierda.

Siempre le digo a mi mujer que de jubilado seré como esos tenderos del rastro que venden cosas antiguas pero a regañadientes, porque en realidad no quieren venderlas y están siempre cabreados. Me veo muy así: de viejo gruñón al que le gusta vivir rodeado de sus mierdas. ¿Cantando? No sé hasta dónde mi dignidad me permitirá hacerlo, pero de momento me sigue divirtiendo mucho.

(Un Pingüino en mi ascensor prepara actualmente un nuevo disco con cuatro canciones y alguna novedad, y el 29 de febrero tocarán en la sala El Sol).



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