Palacio de Bermejillo: las mil vidas de la sede del Defensor del Pueblo

El edificio, de corte neoplateresco, pertenece al Estado desde los años 60


De residencia aristocrática a despacho del Defensor del Pueblo, pasando por casa-museo o refugio de perseguidos durante la Guerra Civil, el Palacio de Bermejillo atesora un trozo de la historia política y sociocultural madrileña de los últimos 100 años, además de la sospecha de protagonizar uno de los grandes “pelotazos” urbanísticos de los años 60, cuando fue adquirido por el Estado por un precio que sextuplicaba el pagado apenas unos meses antes.

El Palacio de Bermejillo fue construido entre 1913 y 1916 sobre un solar en la esquina de la calle de Fortuny y el Paseo del Cisne –hoy, Eduardo Dato–, en un barrio de Almagro que para entonces ya se había consolidado como una de las zonas de mayor prestigio de la capital, en contraste con el aire más popular del resto de Chamberí. Muchos de aquellos palacetes levantados desde mediados del XIX en el barrio burgués ya desaparecieron, lo que le da aún más valor a éste, “uno de los más primorosos palacios que se han construido últimamente en Madrid”, según señaló el cronista Pedro de Répide.

Javier Bermejillo del Rey compra en 1912 una finca donde existía un hotel previo propiedad de Concepción Ramón Ortiz, que la había heredado de su tío Miguel Sáinz de Indo, el gran promotor del barrio de Almagro, y encarga su proyecto de casa-palacio a los arquitectos José Reynals y Benito Guitart Trulls. Por deseo de los marqueses –el rey Alfonso XIII, gran amigo de Bermejillo, le concedería el marquesado en 1915–, la construcción debía ajustarse al estilo neorrenacentista español en boga, que planteaba un regreso a la propia historia española y a la arquitectura tradicional frente a las corrientes modernistas. El neoplateresco tuvo su importancia durante más de una década, y fue el estilo preferido por la alta burguesía y la aristocracia, que lo veía como “una alternativa urbana al cosmopolitismo”.

Sin embargo, el trabajo planteado por los arquitectos no acabó de gustar a los Bermejillo, que en diciembre de 1913 contrataron a Eladio Laredo para que el proyecto se ajustase más al estilo ansiado. Laredo, uno de los arquitectos predilectos de la nobleza, había trabajado en la recuperación de la Casa de El Greco y en el reconocido pabellón de España para la Expo Universal de Roma en 1911. En la capital también llevará su firma el edificio de viviendas en forma de uve situado en Gran Vía, 1, esquina con Caballero de Gracia, donde se ubica la famosa joyería Grassy.

Espejo del neoplateresco

Los nuevos planos de Laredo respetan la estructura y distribución elaborada por Renals y Guitart, pero reelaboran la fachada, incorporando todo el catálogo del plateresco, desde las torres a las rejerías o los motivos heráldicos, en sintonía con obras renacentistas célebres, como el salmantino Palacio de Monterrey o el de los Guzmanes de León.

El Palacio tiene una estructura cúbica articulada en torno a un patio central al que vierten las estancias. Dispone de tres plantas y descansa sobre un zócalo de piedra caliza de colmenar, reservando el ladrillo y otra tipología de piedras para el resto de la fachada.

Aunque la entrada al edificio se dispuso por la calle de Fortuny, la fachada principal se encuentra en Eduardo Dato. Es en esta donde se observan los elementos típicos de la arquitectura renacentista, tales como los balcones enrejados, las ventanas en esquina o la galería corrida de arcos carpaneles de la última planta, además de las dos imponentes torres unidas por una balaustrada calada. No obstante Laredo también incluyó guiños al gótico, como los miradores que sobresalen de la fachada -amatacanados– en la planta principal, o las gárgolas decorativas de la cornisa.

En el resto de fachadas, más sobrias, destacan los vanos de diferentes tamaños, el torreón que rompe la monotonía en la fachada norte, o el mirador amatacanado de la oriental.

Tras el pórtico de entrada de Fortuny se ubica una escalera corta y de doble ramal que conduce, tras una puerta de madera del XVIII, al patio central cubierto, que hace las veces de hall. Desde un lado de esa estancia arranca la magnífica escalera interior, inspirada en la del Alcázar de Toledo, que conduce a la planta noble.

También destaca la decoración, de la que se encargó personalmente Julia Schmidtlein, marquesa de Bemejillo. En este aspecto son importantes los magníficos artesonados de madera y la cerámica de Talavera en los zócalos y sevillana en los suelos, junto a las puertas, la rejería o los muebles. El palacio celebró recepciones y banquetes para la alta sociedad, a los que acudieron varias veces los reyes.

Ruina, venta… y ‘pelotazo’

Los marqueses eran industriales vizcaínos que habían emigrado a México, donde habían hecho fortuna, antes de llegar a la capital. Sin embargo, la Revolución mexicana iniciada en 1911, y la posterior inestabilidad política, afectó de tal manera a sus intereses económicos que acabarían por tener que vender el palacio en 1932.

La nueva propietaria, María Bauzá Rodríguez, adquirió el edificio por 750.000 pesetas, e iba a transformarlo en casa-museo. Bauzá y su marido –fallecido justo antes de la compra– eran empresarios retirados procedentes de Uruguay, llegados a Madrid con el objetivo de dedicar el resto de su vida a completar su colección de arte. Esta estaba formada por porcelanas, tapices, joyas, esculturas y alguna pieza arqueológica, pero sobre todo por obras pictóricas entre las que sobresalían un San Francisco de El Greco, un Descendimiento de Ribera, un San Antón de Tiépolo o una Inmaculada de Murillo. Además, instauraron dos salas dedicadas a Sorolla y Zuloaga, y poseían tablas de Madrazo, Romero de Torres o Rusiñol. Durante los siguientes 30 años hasta la muerte de la propietaria, el palacio se convirtió en una referencia del arte y la cultura madrileños, abierta además a quien quisiera visitarlo.

La casa-museo sufrió no obstante un paréntesis al inicio de la Guerra Civil. Para protegerlo de incautaciones, la dueña decidió cederlo al Gobierno checoslovaco para que instalara allí su embajada, que llegó a ser refugio de personajes perseguidos por la República. Su labor sería reconocida por el bando vencedor, que la concedería la Gran Cruz de la Beneficencia.

En 1960 muere Bauzá y heredan el edificio sus seis hijos y tres nietos, que tres años después acuerdan su venta. Lo adquiere la sociedad Talleres y Garajes Alas, SA por seis millones de pesetas y, apenas siete meses después –febrero de 1964–, lo traspasa a la Dirección General de Patrimonio del Estado por un precio que sextuplicaba el de la compra: 30.475.000 pesetas.

El Palacio fue entonces adscrito al Ministerio de Educación Nacional y albergó las sedes de distintos organismos, como la Dirección General de Patrimonio, el Instituto Nacional de Educación Especial o el Real Patronato sobre Discapacidad, presidido por la reina Sofía, quien incluso llegó a tener un despacho en sus dependencias.

Defensor del Pueblo al rescate

Con la aprobación de la Constitución en 1978 se crea la figura del Defensor del Pueblo –Artículo 54–, si bien hasta 1982 no se elegiría a su primer titular, que sería Joaquín Ruiz Giménez. Se hace entonces necesario una sede para albergar dicho organismo, y se elige el Palacio de Bermejillo. Antes de su instalación se llevó a cabo una reforma integral para paliar su evidente deterioro. La elección del edificio como sede del Defensor del Pueblo evitó su más que probable derribo, sorteando la suerte que corrieron muchos de los palacetes de la zona. La rehabilitación, respetuosa respecto al proyecto original, recuperó el gran lucernario central acristalado, cegado en una reforma anterior, así como los materiales y elementos primitivos tales como la chimenea del XIX. En los casos en que fue posible, se encargó expresamente la fabricación de otros similares, como ocurrió con las cerámicas de Sevilla y Talavera de zócalos y suelos, elaboradas ex profeso para acompañar a las valiosas originales.

El Defensor del Pueblo, en la actualidad Francisco Fernández Marugán, es el Alto Comisionado de las Cortes Generales, encargado de defender los derechos fundamentales y las libertades públicas de los ciudadanos mediante la supervisión de la actividad de las administraciones públicas españolas. Una figura de relieve a la que da lustre, tras su intenso periplo histórico, el Palacio de Bermejillo, que desde hace más de tres décadas se eleva como imagen y referencia de la protección de los derechos de los ciudadanos, además de una joya superviviente del neoplateresco rescatada in extremis de la piqueta.



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