El Parque de Bomberos de Santa Engracia, 113 años al servicio de la ciudad

Su apertura significó un fuerte impulso en la lucha contra el fuego


Los avances en la historia del Cuerpo de Bomberos han sido casi siempre consecuencia de tragedias previas, y la idea de construir un Parque en Santa Engracia no sería distinta. En junio de 1891, el Conde de Romanones, concejal de la Villa, presenció la devastación originada por un incendio en la Ribera de Curtidores, un episodio que a la postre sería el detonante de una reorganización del servicio encabezada por el propio Conde, que poco después sería alcalde de Madrid.

Para entonces, la extinción de incendios sumaba ya varios siglos en la capital, desde el primer “acuerdo sobre fuegos” datado en 1577, cuando desde el relojero hasta el aguador se organizaban y asumían diversas responsabilidades para sofocar las llamas. “Al bombero no se le conoce por ese nombre hasta 1894, con esta reorganización de Romanones”, explica Pablo Trujillano, jefe del grupo 373, autor y estudioso de la historia del Cuerpo. “Anteriormente, quienes actuaban en los incendios eran los mangueros, que eran los encargados del empedrado de las calles; y mucho antes, los matafuegos, llamados así porque iban a ‘matar el fuego’, y que no eran otros que los carpinteros, alarifes, albañiles… quienes habían construido Madrid y sabían trabajar la madera”, relata.

Con el Plan del Ensanche de 1860, se estudiaría la posibilidad de ubicar una bomba de agua en cada distrito, lo que implicaba habilitar varios puestos para su custodia, por el momento pequeños y sin condiciones. En este tiempo también adquieren un papel importante los arquitectos municipales, encargados de acudir personalmente a los incendios. Aquí aparece un personaje esencial en la historia: el arquitecto Isidoro Delgado Vargas, nombrado inspector del material del servicio de incendios en 1888 y que se convertiría en el primer director del Cuerpo. “La historia del Parque de Santa Engracia está ligada a él, que fue además quien lo diseñó”, recuerda Trujillano.

El ‘padre’ del proyecto

Vargas llevaría a cabo un estudio donde exponía que las infraestructuras de los puestos no reunían las condiciones mínimas, y que acabó por desembocar en una comisión, formada por tres concejales –entre ellos, Romanones–, que sacaría adelante un proyecto donde se señalaban los fallos de un servicio desorganizado, con material antiguo e insuficiente y personal escaso y mal preparado.

Tres años después del incendio de la Ribera de Curtidores, el Conde presentaría la reorganización más significativa de la historia del servicio contra incendios de Madrid. Se aprobó así un nuevo reglamento para el Cuerpo de Bomberos de la Villa que, entre otras cosas, planteaba dividir la ciudad en cinco zonas y crear cinco puestos más grandes que las precarias instalaciones de entonces, que se denominarían centros de zona, manteniendo el puesto central en la calle Imperial.

Los cambios se aceleraban en aquel cambio de siglo, donde Madrid registraba unos 200 incendios al año. Las carbonerías y traperías de la ciudad, las cocinas también de carbón o los entramados de madera de los edificios, provocaban que los fuegos fueran muy destructores. Para combatirlos llegaban nuevos materiales, como la primera bomba de vapor (1898) o la Escala Magirus, una escala telescópica de 22 metros, y en los vehículos comenzaba a instalarse el cambio de tiro, de mulas a caballos.

Construcción

Isidoro Delgado Vargas fue también un precursor de la educación y de la gimnástica en el Cuerpo, de ahí que lo primero que se construyera en la parcela de Santa Engracia, años antes que el parque, fuera el gimnasio. La instalación fue levantada por los propios bomberos a partir de un proyecto del director, y con materiales procedentes de derribos. “Cuando había que demoler un edificio se aprovechaban las jácenas, los puntales o las vigas”, explica Trujillano. “Éramos muy ecológicos”.

Con todo, no sería hasta 1904, con el Marqués de Lema como alcalde, cuando se aprobase la construcción de los dos nuevos centros de zona, según el diseño de Vargas y del arquitecto segundo, José Monasterio: el Número 1 de Santa Engracia y otro en la Ronda de Segovia. Además, se reformarían las antiguas dependencias de Huerta de Segura, en O’Donnell. Todos contarían con una torre de maniobras y secadero de mangaje, y se habilitaban dormitorios, comedor y cocina para el personal de guardia. El de Santa Engracia dispuso además de almacén. Las instalaciones, germen de los futuros parques de bomberos, no entrarían en funcionamiento hasta el 8 de febrero de 1907.

El radio de actuación de los centros “era enorme”, y el de Santa Engracia podía aglutinar el servicio que hoy dan los parques 1, 6, 3 y 9. La ciudad estaba entonces más agrupada y la almendra central era, pues, zona “caliente”. No obstante, cuando había un siniestro importante acudían todos los parques al lugar. “El Número 1 tenía muchísimas horas de fuego, sus bomberos solían estar entre los que más salían, aunque esto luego se fue ampliando y ahora los parques que más salen son el segundo y el octavo”, aclara Trujillano.

La incorporación del coche de primera salida mejoró los tiempos de respuesta. En 1913 se aprueba la adquisición de tres de estos chasis, aunque aún pasaría una década hasta que se sustituyera la tracción animal por la mecánica. En ese año también se otorga la construcción del cuarto parque en la calle de Moret, haciéndose realidad los cinco centros de zona proyectados por Vargas 29 años antes. Para entonces, el Parque Número 1 contaba con un coche de primera salida Dietrich; una bomba Saurer, y una escala y un tanque Benz. Un equipamiento que solo superaba el Parque de Puerta de Toledo, que disponía además del flamante Bayard Clement.

(Fotos B/N: Archivo Histórico del Cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento de Madrid)

Las décadas de los 20 y 30 dejaron varios siniestros importantes, entre ellos el incendio del Teatro Novedades, o el hundimiento de una casa de siete plantas en Alonso Cano, 36, en el año 1930.

Quema de conventos y Guerra Civil

Uno de los episodios más duros del servicio llegaría el 11 de mayo de 1931, con la quema de conventos un mes después de proclamarse la República. La jornada terminó con un centenar de iglesias y conventos incendiados, destruidos o asaltados, muchos de ellos en el distrito o sus inmediaciones, como el Maravillas en Bravo Murillo, los Salesianos en Villaamil o los institutos católicos de Alberto Aguilera y Martín de los Heros.

Con todo, lo peor llegaría con la Guerra Civil, que iba a “desmoronar la lenta evolución conseguida hasta ahora por el Cuerpo e hizo prosperar cierta enemistad entre sus efectivos”, relatan Pablo Trujillano y Juan Carlos Barragán en su libro Historia del Cuerpo de Bomberos de Madrid. De los matafuegos al Windsor.

El constante bombardeo que sufrió la ciudad durante el primer año llegó a ser “terrible” para el Cuerpo, que fue movilizado, aunque pudo seguir prestando su labor de salvamento y acudiendo a los siniestros producidos por los proyectiles. Al acabar la contienda, la plantilla quedó mermada por cuestiones de guerra y depuraciones. “Gracias a los libros de registro se ha podido hacer un plano con todas y cada una de las bombas que cayeron, y dónde”, cuenta Trujillano.

Durante la Dictadura el Parque pasó a llamarse “Joaquín García Morato”, y en la década siguiente tendría que hacer frente a uno de sus incendios más impactantes en el barrio. Ocurrió en 1949, en los Estudios Ballesteros de García de Paredes, “donde las impresionantes llamas iluminaron todo el barrio de Chamberí”.

En los años 60 se produciría de nuevo una gran reforma del Cuerpo, para una ciudad que había ido anexionando hasta 13 municipios colindantes. Durante las dos décadas siguientes las intervenciones se duplicarían, pasando de 4.400 en 1976 a 8.582 en 1986. De esa época serían tragedias aún recordadas, como los accidentes aéreos de Mejorada del Campo y Barajas, el incendio de la discoteca Alcalá 20, o la mayor catástrofe para el servicio, que sucedería el 4 de septiembre de 1987 en los Almacenes Arias de la calle de Montera, donde fallecieron 10 bomberos.

En 2001 se derrumbaba un edificio de cuatro plantas en la esquina de Gaztambide con Alberto Aguilera, y cuatro años después, el 12 de febrero de 2005, se incendiaría el Edificio Windsor. Los primeros en llegar a Azca serían los bomberos de Santa Engracia, que se quedarían a un paso de controlar la incendiada planta 21, pero el estallido de un enorme ventanal alimentó el fuego y les obligó a retroceder. Se calcula que se necesitaron 60 millones de litros de agua y 80 horas para la extinción del fuego en el edificio, que llegó a soportar temperaturas de 1.000 grados.

Uno de los últimos sucesos ocurrió en mayo de 2018, con el derrumbe de parte de un edificio en obras en General Martínez Campos, un siniestro donde trabajaron varias jornadas hasta extraer, casi tres días después, los cuerpos sin vida de dos obreros que quedaron atrapados tras el desplome.

Este mes, el Parque Número 1 de Santa Engracia cumple 113 años de servicio a los madrileños y en su memoria perduran no solo los Vargas, Monasterio o Conde de Romanones, artífices de su puesta en marcha, sino también todos los profesionales que han hecho frente, algunos pagando incluso con su vida, al voraz monstruo de las llamas.

Un edificio centenario y protegido

El Parque de Bomberos nº 1 se ubica en el 118 de Santa Engracia y forma parte de un complejo de dependencias municipales asentadas en terrenos del antiguo Almacén General de la Villa y declaradas Bien de Interés Cultural, en la categoría de monumento en 1977.

Su primera construcción fue el gimnasio, situado al fondo del patio y erigido en 1901, y cuya cubierta original puede contemplarse aún hoy. El resto se levantó en 1905 según un proyecto de Isidoro Delgado Vargas. Consta de una fachada que combina el ladrillo y la piedra artificial y que abre espacio para la salida de tres vehículos. El patio interior está rodeado por el cuerpo de cocheras, cocinas, talleres, un garaje de reserva y el resto de dependencias, que flanquean la torre del secadero, donde se llevan a cabo las prácticas.

En 1914 se le añadió el Parque Norte del Servicio de Limpiezas, en el número 116, y en 1993 se remodeló el ámbito con la construcción de la nueva Plaza del Descubridor Diego de Ordás y la creación de un centro de mayores. El Parque aguarda una rehabilitación integral, que podría comenzar en unos meses.

El parque, en la actualidad

Cada guardia en las instalaciones está formada por unos 20 profesionales, y sus cocheras albergan un “tren de ataque” de seis camiones, cada uno con su papel: desde los vehículos más pequeños o “coches” hasta los de mayores dimensiones, como la escala, la bomba o los especializados en accidentes de tráfico.

El Parque realiza una media de entre 6 y 8 intervenciones diarias –el cuarto que más lleva a cabo–, que se pueden multiplicar en días de temporal o en verano. La mayor parte de estas tienen que ver con caídas de árboles o de fragmentos de fachadas, aunque sobre todo se solicitan accesos a viviendas, relacionados normalmente con accidentes domésticos, en un distrito con un alto porcentaje de personas mayores que viven solas.

El ámbito de actuación supera los límites de Chamberí, alcanzando la zona de Tetuán y La Castellana hasta el paseo de La Habana al norte, los Bulevares al sur y llegando incluso al Parque del Oeste o Aravaca por el lado más occidental.

(Fotos B/N: Archivo Histórico del Cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento de Madrid)



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