Últimos años y muerte de Benito Pérez Galdós

Se cumple un siglo del fallecimiento del escritor


Se acaban de cumplir 100 años de aquel 4 de enero de 1920 del fallecimiento de Benito Pérez Galdós en su hotel de Hilarión Eslava, 7, una “casita mudéjar” propiedad de su sobrino Juan Hurtado de Mendoza a la que se había trasladado en 1911 y que fue su morada los últimos años. Doce meses antes del fatídico día, en enero de 1919, el escritor había vivido uno de sus momentos más felices, con la inauguración de su estatua en el Parque del Retiro, obra del joven artista y amigo Victorio Macho. Ciego desde hacía tiempo, Galdós pidió que le acercaran para palpar la obra y lloró emocionado al comprobar la fidelidad de la escultura.

Fue un día dulce para el “continuado tormento” que supusieron los últimos años del “probablemente mejor novelista del XIX en todo el mundo” – Manuel Longares–: ciego, enfermo y pobre, relegado por las instituciones, sin poder leer ni escribir –no le gustaba dictar– y sin apenas visitas a su domicilio salvo la de amistades como los Álvarez Quintero, Marciano Zurita o el propio Macho, entre otros.

La visión se le fue apagando los últimos cuatro años, mientras que las deudas –generoso en exceso y dado a los placeres mundanos– fueron una constante en su vida. “Era cliente y vaca lechera de todos los usureros y usureras matritenses”, diría de él Pérez de Ayala. Especialmente desde que 20 años antes lograra un laudo arbitral por el que había recuperado los derechos de sus obras a cambio de cerca de 100.000 pesetas que hubo de pagar a su antiguo editor.

Capilla en el Ayuntamiento

En un primer momento, la capilla ardiente se instaló en su despacho de Hilarión Eslava, donde llegaron centenares de telegramas y por la que pasaron el ministro de Instrucción Pública y amigos como Emilia Pardo Bazán, Jacinto Benavente y Margarita Xirgu. El cadáver fue embalsamado por el doctor Marañón y velado por el torero Machaquito, uno de sus amigos más queridos, y Zuloaga y Vázquez Díaz tomarían posteriormente apuntes en la cámara mortuoria.

A las 7 de la mañana del día 5 se personó el teniente de alcalde del distrito de Universidad para trasladar los restos del académico al Salón de Cristales del Ayuntamiento, donde los recibió el alcalde y le dieron guardia de honor ocho parejas de infantería y una de caballería, además de bomberos y maceros. Se estima que por delante del féretro desfilaron más de 20.000 personas hasta primera hora de la tarde.

Del Consistorio partió hacia el panteón familiar en el Cementerio de la Almudena, acompañado por varios miembros del Gobierno y personalidades. La ceremonia oficial concluyó en la Plaza de la Independencia, no así la conmemoración social, pues fueron decenas de miles de madrileños de todas las clases sociales quienes acompañaron hasta dar sepultura al escritor que mejor les había retratado. La multitud iba aclamando el nombre del finado en una imponente manifestación de duelo en la que incluso los negocios de la capital decidieron cerrar unas horas. Tampoco abrieron los teatros de la ciudad.

Un homenaje del pueblo de Madrid que contrastó con la frialdad del Gobierno y de algunas organizaciones culturales, como denunciaron tanto Ortega y Gasset como Unamuno, señalando el lamentable “olvido oficial e institucional” en que había muerto aquel gran madrileño de Las Palmas. Tampoco se entendió que ni el Congreso, ni la Biblioteca Nacional ni siquiera la Real Academia fueran las sedes que albergaran el velorio del que fuera diputado y académico, además de un grande de la narrativa a la altura de Dickens, Flaubert o Balzac. De alguien que, como señaló Serafín Álvarez Quintero en la inauguración del monumento del Retiro, “escribió maravillosamente, con gracia infinita e inagotable fuerza pintoresca, la historia viva de este Madrid de sus amores durante medio siglo”.

Chamberí en su vida y obra

Desde su llegada a Madrid, Benito Pérez Galdós residió en distintas casas de huéspedes de la capital, además de en la calle de Serrano y en la esquina de Alberto Aguilera con Gaztambide. Vivió la mayor parte de su vida madrileña primero con dos de sus hermanas y posteriormente en la casa de su sobrino en Hilarión Eslava, donde cuatro años después de su muerte se colocó una lápida de bronce que aún puede visitarse en la fachada del edificio que se construyó posteriormente, ya que la casa original fue derribada en 1977.

En la ficción, el escritor también retrató el Chamberí de entonces, principalmente en su novela Tristana, cuyos personajes se sitúan en los aledaños del Depósito de Santa Engracia, donde están las actuales Bretón de los Herreros, Espronceda y demás. El distrito también aparece en algunos escenarios religiosos de Fortunata y Jacinta, e igualmente en Episodios Nacionales como Napoleón en Chamartín, donde recrea los alrededores de Fuencarral, en el camino llamado Mala de Francia.

Foto: Ayuntamiento de Madrid.



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